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[ q t r e q t ]



// punto y coma de ebullición { 2 }

cuarto segundo




    Ilulissat (que no significa mucho).

    Me dejé caer en el asiento del bus, las lágrimas ya secas y la nariz perdiendo el rojo y todo en general mucho menos destartalado en comparación con Narsaq, a mi lado. Alojó la cara en mi cuello mientras intentaba no escurrirse. Cada vez que el bus frenaba en una estación, reaccionaba como si estuviésemos a punto de naufragar. Un señor la había estado mirando todo el rato y antes de irse volvió a hacerlo pero con cara de asco y decepción. Salté más que levantarme y le escupí en la chaqueta justo antes de que se cerraran las puertas. 
    La gente me mira mucho, y a Narsaq también, solo hay ojos y el ruido de las ruedas entre las paradas. Hasta el bebé envuelto en un capullo de mantas parece horrorizado. Voy clavándoles mis pupilas uno a uno el tiempo suficiente como para que se sientan incómodos y se centren en sus ventanas. La mujer de la flor en el pelo se me resiste. No para de hacer muecas, además, como intentando esclarecer su mensaje de desaprobación con fruncidos y comisuras apretadas. O puede que tenga esquizofrenia.
    (Narsaq es muy borde con el mundo en general y yo aprendí a serlo también, porque así es más fácil existir. Pero si ella me dijera solo una vez qué mal te quedan esos leggins o cualquier perla de las que escupe cuando se aburre, tendría que secarme las lágrimas con toallas de playa. Hasta la fecha, no lo ha hecho.)
    Tiene expresión de moribunda y los ojos entrecerrados, perdidos, la boca estampada contra mi hombro lo está llenando de babas.
    Si sigues enrollándote así con mi sudadera voy a tener que dejaros a solas, le digo. 

    Fuera hace frío y hay que caminar. Caminar un montón. Queríamos tener la caravana en un lugar aislado y ahora hay que patearse media autovía y héctareas de bosque para encontrarla. Lo pienso y suelto un poco a Narsaq porque me flaquean las piernas. Cómo vamos a llegar a casa. Empieza a poner sonrisa de bobalicona (más).

    A casa. Nuestra ca-sa. Dilo de nuevo.

quinto segundo



    Narsaq (que significa absoluto).

    Una señorita de mediana estatura que acarrea un saco pataleante y rugiente, paso a paso se enfrenta al viento invernal en las más profundas entrañas de la noche. 
    Y se escuchan los cantares;
    Tengo una vaca lechera
    no es una vaca cualquiera
    me da leche merengada.
    Uy, qué vaca tan salada.
    Tolón.
    Tolón.
    Sacudo a Narsaq para que deje de darme coces. Le grito. Deja de bramar, digo. En realidad me gusta. Eso no lo digo. Quiere bajarse porque según ella pesa tanto que me voy a romper los brazos. Si supieras andar sin caerte a los lados, te bajaría encantada.
    Salto una valla de metal que me llega por la cintura y me tiro a mí misma y a mi carga por la tierra. A reptar y a escalar y a embarrarse, Narsaq tan borracha entre tanto árbol contra el que chocar y lo bien que se lo estará pasando. Me río porque puede darse de frente dos veces con el mismo centímetro cuadrado de corteza. Tropieza y rueda hacia abajo y ya no sé si me hace gracia o tengo ganas de tirarle un tronco. Intento avanzar, indignada, los brazos cruzados por el frío. Qué susto, j****. La tengo agarrada al tobillo. Es ridículo. Tiro y estamos atravesando el espacio entre ay y suelta y además se va dejando la camiseta hecha un cuadro. Cuando aparece la caravana es un halo de rayos celestiales. 
    Por qué tantas ganas de llegar, por qué no dormir en un banco. Si ya lo hemos hecho antes.
    Aunque balbucee en cada espacio sospecho que tiene que estar bastante decente para decir algo así. ¿Y si solo quería que la llevasen a cuestas?
    Porque ahora no tenemos por qué dormir en un banco. Quiero aprovechar este trozo de lata de mierda.
    Echa la cabeza hacia atrás como si disfrutase escuchando aquello. Así que sí, me gustaba la caravana. Se lo estaba admitiendo a trozos aunque la hubiese amado desde el principio.
    Dentro se está calentito aunque solo sea por la fricción de la tela rota y vieja de los asientos. Cuando estoy encima, me siento mejor, me siento protegida y calentita, siendo consciente de que entre el mundo exterior y ese interior chatarra hay un cristal y dos puertas que flojean. Narsaq se tumba a mi lado. No cabemos. La tengo muy cerca. Todavía no hay colchón en la parte de atrás, todavía no hay cama. Somos demasiado altas para el largo de la cabina. Habrá que dejar las puertas abiertas, los pies y las coronillas en la intemperie con las insistentes ráfagas de brisa helada aleatoria. Me abraza. Me abraza y me olvido.

sexto segundo



    Ilulissat.

    Estoy despierta porque me he caído debajo del salpicadero. Me quedaría aquí si no fuera porque dormir al borde de la carretera, donde se acumula la basura, sería más higiénico. Toso y escalo e intento hacerme un hueco donde la acaparadora Narsaq ha expandido la totalidad de su cuerpo. No se le despiertan ni los dedos de los pies. Tengo que aplastarla un poco, pero no hay quejidos. Suspiro, me estremezco, porque me entra el frío por los bajos de los pantalones. Desde allí se ven las estrellas plasmadas en la luna (del coche). Son tantas y tan lejanas que me hacen pensar en estas cosas en las que la gente piensa cuando se da cuenta del infinito de las constelaciones y la ridiculez de sus existencias y tal. No es un mal motivo por el que despertarse cerca de la madrugada. Pienso, también, que hace una semana estaba frita bajo mi edredón rosa en la litera que compartía con mi hermana pequeña. Y que tal vez esté demasiado feliz en general para lo incierto que se presenta todo. Aunque los miedos no son míos, son de otra que piensa en lo que le han dicho durante su vida, porque no creo que me importe tener un techo seguro o dinero o comida, nunca. (Si está Narsaq, supongo). Pienso en los dibujos que ha hecho en el techo de la caravana y en que debería dedicarse a eso. Pienso en poner incienso, en el olor del incienso, en comprar una radio y bailar.



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