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[ q t r e q t ]



// punto y coma de ebullición { 3 }

séptimo segundo

    Narsaq.

    Se despierta silenciosamente, no se mueve. Tiene la boca cerrada y los ojos abiertos mirando a algún frente sin definir. En calma. Más en calma de lo que me es usual. Su mano blanca puede que le roce la nariz. 
    En qué piensas.
    Lo dice ella, no yo. Estaba a punto de preguntarle lo mismo.
    En muchas cosas y en música. La música está de fondo.
    ¿Qué suena?
    Two of us. 
    (We're going home)
    Cierro los ojos. Ayer cogiste una buena.
    Fue por la napolitana, creo. Quería que la ginebra matase su recuerdo.
    Me siento e intento estirar las piernas que llevaban encogidas durante demasiadas horas. La caravana está colocada al bordede un terreno en descenso, de manera que se ven kilómetros de explanada. Hay verde y montañas.
    Quiero el colchón de una vez, dice mientras se hiergue y se frota los ojos. 
    Podríamos cogerlo de mi casa.
    ¿Cómo crees que se lo tomarían tus padres?
    Hm.... no muy bien. Nada nada bien. Pero tengo llaves, solo hay que esperar a que se marchen.
    Entonces todo guay. Podrías coger tu minicadena.
    (Se acordaba de ella)
    Eso sería genial.


octavo segundo

    Ilulissat.

Je ne veux pas travailler
Je ne veux pas déjeuner
Je veux seulement oublier
Et puis je fume


    Sonrío tanto que se me cierran los ojos. 
    Hemos hecho que funcione.
    Mamá y papá salieron los dos de casa, juntos, llevando a mi hermana de la mano. Estaban felices, supongo. Ya se habrían olvidado de que alguna vez habité sus vidas. Yo tampoco había pensado demasiado en ellos.
    La volkswagen ahora tiene música y una obra de arte en el capó.
    Narsaq se sonroja.
    No es para tanto.
    Si supiese mirar aquella metamorfosis de aves y peces con objetividad, lo reconocería. Y esa concentración y esa actitud serena tan bohemia que se le puso en cuanto sus pinceles trazaban sentido. Qué pedazo de talento tiene. Es una cosa más que le tengo que envidiar. Cuando dibujaba, no querías hablarle porque estarías interrumpiendo algo que tenía mucho más valor que tus palabras. Quería saber qué pasaba por su cabeza, pero todo me parecía tan sagrado que mantuve el silencio. (Así quedaron tan armoniosos sus cuadros sobre la caravana y tan vulgares y simples los símbolos que yo traté de copiar. Qué respiro cuando me encomendó usar pegatinas.)
    Robar un colchón es algo bastante ridículo y gracioso. Entramos en la que había sido mi casa como delincuentes. Casi no me daba cuenta de que, eh, hace menos de un mes estaba viviendo allí. Lo había hecho durante más de diez años. Pero cuando una vecina me saludó me asusté. Le dije hola como si estuviese todo normal y sudé un poco por si les decía a mis padres que habíamos ido a robar el colchón. Tal vez ni siquiera sabía que ya no éramos vecinas. Subimos por las escaleras y ya me mentalicé de que qué más daba si mis padres lo iban a saber igual. Quiero decir, qué clase de ladrón entra con llave y solo se lleva un colchón usado y una minicadena que valdrá diez euros en reventa. Además. Eran mi colchón y mi minicadena y mi casa. Cuando entré me resultó asombrosamente agobiante, como si hubiese encogido en los últimos días. Como si fuera muy alta y me fuese a dar con el marco de las puertas en la cabeza. En tan poco tiempo el aura acogedora que me infringía ese lugar había sido extirpada de raíz, sustituida por hectáreas de libertad, de estrellas, de frío, de música ñoña, de césped mojado y del sentimiento de irrealidad por caminar la vida entre botellas de vodka barato.  
    (Resulta que no se pueden meter objetos así en un autobús y tuvimos que llamar a un amigo con coche. No os habíais comprado una caravana, dice. Sí, pero es que no sabemos conducir.)
    La verdad es que es más pequeño que el espacio del maletero. Quedan unos huecos y Narsaq ha asegurado que serán huecos para cosas guays. Y pues eso. 
    La minicadena está en unas redes que hay en el techo, de un lado a otro, y no sabemos de qué servían originalmente pero hacen muy bien de estantería. El conjunto del colchón desnudo y esa radio vintage con todos los cables asomando entre las rejillas queda un poco cutre. No digo que no me parezca precioso. Pienso en telas a los lados y esas cosas y me revolotea el corazón.
    Abrimos las puertas del maletero y ponemos Sympathique y empiezo a saltar. Es mi forma de baile más trabajada. Narsaq no tiene ninguna intención de seguirme, pero lo intento con más entusiasmo e incluso muevo los brazos y levanto rocío del césped al caerme. Se carcajea y empieza a moverse. Lo considero un logro. No creo que sea una canción para bailar así derudamente pero me da igual. Estamos solas en la intemperie, un muro de árboles nos protege de la carretera y mientras nosotras podemos ver todo el mundo ahí abajo, diminuto. Ahora aparece Sufjan Stevens con Illinois. Miro a Narsaq, que es perfecta. Cada vez que la veo me parece más perfecta. La carvana también. Aunque a Narsaq no tengo ganas de ponerle incienso y pósters de los Beatles. 

noveno segundo

    Narsaq.

    tenía un cuadernito entre las pocas pertenencias que se trajo. Es de cartón forrado con tela en la que hay mandalas bordados. No suele ser ella la de las cosas coloridas. Leo.
    A veces me pasa esto de que como hasta que siento dolor en las mandíbulas de masticar tanto y tan fuerte y tan rápido. Como con ansia, con desesperación, con algún que otro pecado capital si eso. Como hasta que siento pedazos de la explosión de mi estómago clavados en los pulmones. Y. No. Puedo. Respirar.
    (Sé de qué habla en esas páginas. Puedo notar su dolor cada vez que la veo atracarse. Se le plasma en las facciones. Pero leerlo, desde su propia cabeza, tan puramente, con letra pequeña y olvidada. Intento retener los sollozos por millónesima vez esta semana.) 
    Es como si me gustase matarme lentamente, de una manera o de otra. O haciendo dieta y ejercicio hasta que me desmayo o comiendo en cama viendo como mi barriga se hincha y no haciendo nada. Siendo infeliz porque no soy capaz decontrolarme. 
    Como hasta que siento la comida, la siento por todas partes, la siento en mi boca constantemente y en cada uno de los pellejos de mi cuerpo. Como hasta que lloro, porque tengo tanta comida dentro que a las lágrimas no les queda espacio. 



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