[ q t r e q t ]



Mostrando entradas con la etiqueta punto y coma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta punto y coma. Mostrar todas las entradas

punto y coma de ebullición { 4 }

décimo segundo







    La reina caída tenía dos piernas y ya, tenía dos piernas y ya. No tenía corona ni trono ni castillo ni súbditos. Tenía dos piernas, dos y ya. No tenía alas negras hechas de maldad. No tenía alas ningunas. Tenías dos piernas honestas y ya.
    El bosque era electromagnético, una tormenta solar, era auroras boreales y explosiones nucleares y chispas. Tanta luz que derretía sus córneas y las volvía líquido que caía por sus mejillas (o podían ser lágrimas). La reina no tenía ni estrellas ni luna ni oscuridad, ni siquiera en la noche. La noche era ruidosa y luminosa. El bosque, centellea. Deslumbra. Vomita.
    La reina caminaba sola en medio de un collar de llamas, colores del inframundo proyectándose hasta sus adentros, sensibles. Mutaciones de sonidos incomprensibles y delirios. El cerebro se le incendia. Las percepciones se irritan, se destruyen.
    La reina ya no sabe qué tiene. Dónde está el dragón escupefuego que batía sus demonios. Estaba sola. Solo enemigos.
    (Las batallas se habían librado en su corazón, y a parte de destruir sus defensas la había destruido por dentro. La batalla por protegerse a sí misma la había matado.)
    Ahora se la tragan las raíces de las torres de neón, callando que alguna vez tuvo disputas, dando un nuevo nivel al miedo. Se funde con cada demonio de los suyos. La reina se convierte en mal. Se convierte en sus entrañas.
    (La salvación es el alcohol y la noche manchada, no dejes que te confundan.


¿qué viene después del diez? segundo



    Es la cuarta vez que duermo a su lado y no sé por qué llevo la cuenta. Estamos otra vez apiñadas en los asientos delanteros, porque cuando vio el colchón hizo una mueca y dijo que era demasiado blanco y pulcro para ella. Que hasta que no lavase su ropa o comprase una sábana no pensaba mancillarlo. Yo podía hacer lo que quisiera, porque era mi colchón. Hice lo que quise y me acosté entre su espalda y los asientos henchidos de polvo. Y era nuestro colchón.
    Como ya veo habitual, hay un momento en la noche en la que abro los ojos y no sé por qué. No hay sonidos ni estímulos a los que responder. Solo mis párpados que se repliegan porque les viene en gana, y bueno. Estoy desvelada sin motivo. Tal vez porque soy feliz, pienso, ya que lo primero que me viene a la mente es Narsaq y que estoy con ella antes de ver sus omóplatos dándome los buenos días. Tal vez soy demasiado feliz para desperdiciar mi tiempo durmiendo. O es que no estoy acostumbrada a esto, y me desordena todos los cánones del organismo sembrando el insomnio. 

    Tengo los pensamientos despejados súbitamente y después de examinar la piel de los brazos y que cubre su columna tengo ganas de ver mi colchón. Me deslizo como una pastilla de jabón entre manos mojadas. Acaricié aquel recuerdo. Allí, en el maletero, encontré el cuadernito de Narsaq. Iba a preguntarle por él pero cuando la miré de nuvo me dio pena despertarla. Así que el cuaderno se abrió solo (sí, solo) y me enseñó aquellas perturbaciones tan... ¿suyas? (Ella no era así, pero ahora podía verla así) y tenía ganas de llorar aunque siempre tengo ganas de llorar. Yo pensaba esas cosas. Sentía cosas muy cercanas cuando leía sus palabras. Pensé que éramos almas gemelas de entrañas, aunque por fuera ni primas lejanas. Los porfueras no existen, de todas formas.
    Leí relatos épicos de jóvenes valientes que mi cerebro interepretaba de alguna íntima forma y me traducía a mis padres regañándome, enfadados conmigos y entre ellos, y yo callada, sumisa, pero deseando hacer lo que hacía aquella reina protagonista. Leí hasta darme cuenta de haber caído en un trance y en esa consciencia recuperar el poder para despertarme.

    Entonces las páginas arden en mis manos. O es el sudor. Un golpe de culpabilidad, directo a la nuca. Se me acelera el corazón y me atropello para enterrar aquel pedazo de Narsaq donde estaba. Intento parecer inocente pero no me entiendo, así que me refugio detrás de ella como si nunca me hubiese levantado. No puedo dormir, obviamente, porque alguien detrás de mi oreja me acusa de haber violado su intimidad. Y con el peor de los descaros, rompiendo las murallas que tanto le costaban por detrás, pasando de amiga a traidora. 
    Enfrío la frente entre sus omóplatos, tengo ganas de susurrar.
    Al final la reina sobrevive, ¿verdad?

// punto y coma de ebullición { 3 }

séptimo segundo

    Narsaq.

    Se despierta silenciosamente, no se mueve. Tiene la boca cerrada y los ojos abiertos mirando a algún frente sin definir. En calma. Más en calma de lo que me es usual. Su mano blanca puede que le roce la nariz. 
    En qué piensas.
    Lo dice ella, no yo. Estaba a punto de preguntarle lo mismo.
    En muchas cosas y en música. La música está de fondo.
    ¿Qué suena?
    Two of us. 
    (We're going home)
    Cierro los ojos. Ayer cogiste una buena.
    Fue por la napolitana, creo. Quería que la ginebra matase su recuerdo.
    Me siento e intento estirar las piernas que llevaban encogidas durante demasiadas horas. La caravana está colocada al bordede un terreno en descenso, de manera que se ven kilómetros de explanada. Hay verde y montañas.
    Quiero el colchón de una vez, dice mientras se hiergue y se frota los ojos. 
    Podríamos cogerlo de mi casa.
    ¿Cómo crees que se lo tomarían tus padres?
    Hm.... no muy bien. Nada nada bien. Pero tengo llaves, solo hay que esperar a que se marchen.
    Entonces todo guay. Podrías coger tu minicadena.
    (Se acordaba de ella)
    Eso sería genial.


octavo segundo

    Ilulissat.

Je ne veux pas travailler
Je ne veux pas déjeuner
Je veux seulement oublier
Et puis je fume


    Sonrío tanto que se me cierran los ojos. 
    Hemos hecho que funcione.
    Mamá y papá salieron los dos de casa, juntos, llevando a mi hermana de la mano. Estaban felices, supongo. Ya se habrían olvidado de que alguna vez habité sus vidas. Yo tampoco había pensado demasiado en ellos.
    La volkswagen ahora tiene música y una obra de arte en el capó.
    Narsaq se sonroja.
    No es para tanto.
    Si supiese mirar aquella metamorfosis de aves y peces con objetividad, lo reconocería. Y esa concentración y esa actitud serena tan bohemia que se le puso en cuanto sus pinceles trazaban sentido. Qué pedazo de talento tiene. Es una cosa más que le tengo que envidiar. Cuando dibujaba, no querías hablarle porque estarías interrumpiendo algo que tenía mucho más valor que tus palabras. Quería saber qué pasaba por su cabeza, pero todo me parecía tan sagrado que mantuve el silencio. (Así quedaron tan armoniosos sus cuadros sobre la caravana y tan vulgares y simples los símbolos que yo traté de copiar. Qué respiro cuando me encomendó usar pegatinas.)
    Robar un colchón es algo bastante ridículo y gracioso. Entramos en la que había sido mi casa como delincuentes. Casi no me daba cuenta de que, eh, hace menos de un mes estaba viviendo allí. Lo había hecho durante más de diez años. Pero cuando una vecina me saludó me asusté. Le dije hola como si estuviese todo normal y sudé un poco por si les decía a mis padres que habíamos ido a robar el colchón. Tal vez ni siquiera sabía que ya no éramos vecinas. Subimos por las escaleras y ya me mentalicé de que qué más daba si mis padres lo iban a saber igual. Quiero decir, qué clase de ladrón entra con llave y solo se lleva un colchón usado y una minicadena que valdrá diez euros en reventa. Además. Eran mi colchón y mi minicadena y mi casa. Cuando entré me resultó asombrosamente agobiante, como si hubiese encogido en los últimos días. Como si fuera muy alta y me fuese a dar con el marco de las puertas en la cabeza. En tan poco tiempo el aura acogedora que me infringía ese lugar había sido extirpada de raíz, sustituida por hectáreas de libertad, de estrellas, de frío, de música ñoña, de césped mojado y del sentimiento de irrealidad por caminar la vida entre botellas de vodka barato.  
    (Resulta que no se pueden meter objetos así en un autobús y tuvimos que llamar a un amigo con coche. No os habíais comprado una caravana, dice. Sí, pero es que no sabemos conducir.)
    La verdad es que es más pequeño que el espacio del maletero. Quedan unos huecos y Narsaq ha asegurado que serán huecos para cosas guays. Y pues eso. 
    La minicadena está en unas redes que hay en el techo, de un lado a otro, y no sabemos de qué servían originalmente pero hacen muy bien de estantería. El conjunto del colchón desnudo y esa radio vintage con todos los cables asomando entre las rejillas queda un poco cutre. No digo que no me parezca precioso. Pienso en telas a los lados y esas cosas y me revolotea el corazón.
    Abrimos las puertas del maletero y ponemos Sympathique y empiezo a saltar. Es mi forma de baile más trabajada. Narsaq no tiene ninguna intención de seguirme, pero lo intento con más entusiasmo e incluso muevo los brazos y levanto rocío del césped al caerme. Se carcajea y empieza a moverse. Lo considero un logro. No creo que sea una canción para bailar así derudamente pero me da igual. Estamos solas en la intemperie, un muro de árboles nos protege de la carretera y mientras nosotras podemos ver todo el mundo ahí abajo, diminuto. Ahora aparece Sufjan Stevens con Illinois. Miro a Narsaq, que es perfecta. Cada vez que la veo me parece más perfecta. La carvana también. Aunque a Narsaq no tengo ganas de ponerle incienso y pósters de los Beatles. 

noveno segundo

    Narsaq.

    tenía un cuadernito entre las pocas pertenencias que se trajo. Es de cartón forrado con tela en la que hay mandalas bordados. No suele ser ella la de las cosas coloridas. Leo.
    A veces me pasa esto de que como hasta que siento dolor en las mandíbulas de masticar tanto y tan fuerte y tan rápido. Como con ansia, con desesperación, con algún que otro pecado capital si eso. Como hasta que siento pedazos de la explosión de mi estómago clavados en los pulmones. Y. No. Puedo. Respirar.
    (Sé de qué habla en esas páginas. Puedo notar su dolor cada vez que la veo atracarse. Se le plasma en las facciones. Pero leerlo, desde su propia cabeza, tan puramente, con letra pequeña y olvidada. Intento retener los sollozos por millónesima vez esta semana.) 
    Es como si me gustase matarme lentamente, de una manera o de otra. O haciendo dieta y ejercicio hasta que me desmayo o comiendo en cama viendo como mi barriga se hincha y no haciendo nada. Siendo infeliz porque no soy capaz decontrolarme. 
    Como hasta que siento la comida, la siento por todas partes, la siento en mi boca constantemente y en cada uno de los pellejos de mi cuerpo. Como hasta que lloro, porque tengo tanta comida dentro que a las lágrimas no les queda espacio. 



// punto y coma de ebullición { 2 }

cuarto segundo




    Ilulissat (que no significa mucho).

    Me dejé caer en el asiento del bus, las lágrimas ya secas y la nariz perdiendo el rojo y todo en general mucho menos destartalado en comparación con Narsaq, a mi lado. Alojó la cara en mi cuello mientras intentaba no escurrirse. Cada vez que el bus frenaba en una estación, reaccionaba como si estuviésemos a punto de naufragar. Un señor la había estado mirando todo el rato y antes de irse volvió a hacerlo pero con cara de asco y decepción. Salté más que levantarme y le escupí en la chaqueta justo antes de que se cerraran las puertas. 
    La gente me mira mucho, y a Narsaq también, solo hay ojos y el ruido de las ruedas entre las paradas. Hasta el bebé envuelto en un capullo de mantas parece horrorizado. Voy clavándoles mis pupilas uno a uno el tiempo suficiente como para que se sientan incómodos y se centren en sus ventanas. La mujer de la flor en el pelo se me resiste. No para de hacer muecas, además, como intentando esclarecer su mensaje de desaprobación con fruncidos y comisuras apretadas. O puede que tenga esquizofrenia.
    (Narsaq es muy borde con el mundo en general y yo aprendí a serlo también, porque así es más fácil existir. Pero si ella me dijera solo una vez qué mal te quedan esos leggins o cualquier perla de las que escupe cuando se aburre, tendría que secarme las lágrimas con toallas de playa. Hasta la fecha, no lo ha hecho.)
    Tiene expresión de moribunda y los ojos entrecerrados, perdidos, la boca estampada contra mi hombro lo está llenando de babas.
    Si sigues enrollándote así con mi sudadera voy a tener que dejaros a solas, le digo. 

    Fuera hace frío y hay que caminar. Caminar un montón. Queríamos tener la caravana en un lugar aislado y ahora hay que patearse media autovía y héctareas de bosque para encontrarla. Lo pienso y suelto un poco a Narsaq porque me flaquean las piernas. Cómo vamos a llegar a casa. Empieza a poner sonrisa de bobalicona (más).

    A casa. Nuestra ca-sa. Dilo de nuevo.

quinto segundo



    Narsaq (que significa absoluto).

    Una señorita de mediana estatura que acarrea un saco pataleante y rugiente, paso a paso se enfrenta al viento invernal en las más profundas entrañas de la noche. 
    Y se escuchan los cantares;
    Tengo una vaca lechera
    no es una vaca cualquiera
    me da leche merengada.
    Uy, qué vaca tan salada.
    Tolón.
    Tolón.
    Sacudo a Narsaq para que deje de darme coces. Le grito. Deja de bramar, digo. En realidad me gusta. Eso no lo digo. Quiere bajarse porque según ella pesa tanto que me voy a romper los brazos. Si supieras andar sin caerte a los lados, te bajaría encantada.
    Salto una valla de metal que me llega por la cintura y me tiro a mí misma y a mi carga por la tierra. A reptar y a escalar y a embarrarse, Narsaq tan borracha entre tanto árbol contra el que chocar y lo bien que se lo estará pasando. Me río porque puede darse de frente dos veces con el mismo centímetro cuadrado de corteza. Tropieza y rueda hacia abajo y ya no sé si me hace gracia o tengo ganas de tirarle un tronco. Intento avanzar, indignada, los brazos cruzados por el frío. Qué susto, j****. La tengo agarrada al tobillo. Es ridículo. Tiro y estamos atravesando el espacio entre ay y suelta y además se va dejando la camiseta hecha un cuadro. Cuando aparece la caravana es un halo de rayos celestiales. 
    Por qué tantas ganas de llegar, por qué no dormir en un banco. Si ya lo hemos hecho antes.
    Aunque balbucee en cada espacio sospecho que tiene que estar bastante decente para decir algo así. ¿Y si solo quería que la llevasen a cuestas?
    Porque ahora no tenemos por qué dormir en un banco. Quiero aprovechar este trozo de lata de mierda.
    Echa la cabeza hacia atrás como si disfrutase escuchando aquello. Así que sí, me gustaba la caravana. Se lo estaba admitiendo a trozos aunque la hubiese amado desde el principio.
    Dentro se está calentito aunque solo sea por la fricción de la tela rota y vieja de los asientos. Cuando estoy encima, me siento mejor, me siento protegida y calentita, siendo consciente de que entre el mundo exterior y ese interior chatarra hay un cristal y dos puertas que flojean. Narsaq se tumba a mi lado. No cabemos. La tengo muy cerca. Todavía no hay colchón en la parte de atrás, todavía no hay cama. Somos demasiado altas para el largo de la cabina. Habrá que dejar las puertas abiertas, los pies y las coronillas en la intemperie con las insistentes ráfagas de brisa helada aleatoria. Me abraza. Me abraza y me olvido.

sexto segundo



    Ilulissat.

    Estoy despierta porque me he caído debajo del salpicadero. Me quedaría aquí si no fuera porque dormir al borde de la carretera, donde se acumula la basura, sería más higiénico. Toso y escalo e intento hacerme un hueco donde la acaparadora Narsaq ha expandido la totalidad de su cuerpo. No se le despiertan ni los dedos de los pies. Tengo que aplastarla un poco, pero no hay quejidos. Suspiro, me estremezco, porque me entra el frío por los bajos de los pantalones. Desde allí se ven las estrellas plasmadas en la luna (del coche). Son tantas y tan lejanas que me hacen pensar en estas cosas en las que la gente piensa cuando se da cuenta del infinito de las constelaciones y la ridiculez de sus existencias y tal. No es un mal motivo por el que despertarse cerca de la madrugada. Pienso, también, que hace una semana estaba frita bajo mi edredón rosa en la litera que compartía con mi hermana pequeña. Y que tal vez esté demasiado feliz en general para lo incierto que se presenta todo. Aunque los miedos no son míos, son de otra que piensa en lo que le han dicho durante su vida, porque no creo que me importe tener un techo seguro o dinero o comida, nunca. (Si está Narsaq, supongo). Pienso en los dibujos que ha hecho en el techo de la caravana y en que debería dedicarse a eso. Pienso en poner incienso, en el olor del incienso, en comprar una radio y bailar.



// punto y coma de ebullición

{ recolgando esto por si se pierde en el foro }



primer segundo

    Narsaq  (que significa llanura).

    Está en el baño, obviamente. Ha comido. Napolitanas. Ay, pobre. Con lo difícil que es vomitar el chocolate.
    Estaba por avisarle de que luego se iba a arrepentir, pero parecía tan feliz metiéndose aquella masa de hojaldre resplandeciente entre las dos filas de sus dientes, empujando con los dedos e intentando llenar el vacío de siete larguísimos días. Casi me hace caer a mí también, porque dios, maldito sea el chocolate. 
    Se puso a llorar toda llena de pepitas marrones y las manos azucaradas. Por un momento pensé que iba a hacerlo allí, en la calle. Ya tenía ahí el índice y el anular separados del resto y listos. Encogió la barriga y corrió, arqueándose de vez en cuando, tropezándose con el aire y juro que sufriendo cada poro de su carita manchada. Me la imagino, pobre pobre pobrecita, y me dan ganas de entrar a sujetarle el pelo o algo. Pero es que tiene vergüenza de que la vean vomitar. No sé. Si escucho cada arcada y el splash en el agua del váter con un reconocimiento detallado que no necesita descripción gráfica. Hay muchos, bastante largos, así que me preocupo menos porque sé que saldrá feliz.

segundo segundo

    Ilulissat (que significa icebergs).

    Hemos pintado el volkswagen con spray y pintura acrílica e incluso acuarelas. Yo he dicho que cuando llueva va a parecer el rímel azul de Tania cada vez que llora. Narsaq ha pensado un momento en si eso era bueno o malo y luego se ha ido silenciosamente. Ahora vuelve con un bote de barniz. No creo que el barniz valga para este material, pero prefiero no decirlo. Huele tan fuerte que iremos drogando a gente al conducir. 
    Por cierto, digo en voz alta, ninguna de nosotras tiene carné. Narsaq me mira y me arrepiento porque bastante asfixiada está ya. Pero es que ha comprado una caravana sin intención de hacerse el carné. Dice que no pasa nada, que la conduciremos muy poquito y la usaremos para vivir más que otra cosa. Suena tan bien que sonrío (aunque puede ser el barniz). Mientras ella llena de laca tóxica las puertas, yo pongo pegatinas de flores alrededor de la bandera gay en el maletero. Es todo tan bonito, así. A veces quiero pensar un poco más como Narsaq. Si estamos pintando una caravana, nos preocupamos por los pigmentos y las líneas y que los dibujos salgan bonitos. No importa que no sepamos lo que son las marchas, ni que no tengamos un colchón y unas mantas que poner dentro para dormir. Ahora lo que tengo que hacer distribuir los girasoles de manera que cubran siete líneas gruesas de colores. 
    Parecerá que la pongo de simplona, pero es la chica más segura que conozco.
    La veo a través de la ventanilla y me sonríe.

tercer segundo

    Narsaq (que significa llanura).

    Está borracha y ha empezado a abrazarme y a decir lo de siempre. Que está gorda, que está gorda y ha cogido un cuchillo de plástico de McDonald's y ha intentado cortarse esa barriguilla adorable que tiene. Se lo he arrancado de las manos porque aunque ese borde curvo es completamente inofensivo, la condenada lo presiona contra su piel con una fuerza que me asusta. Se me tira encima y me dice que quiere vomitar, al oído, agarrándome por el cuello. Huele peor que el volkswagen. Intento arrastrarla hasta el baño. La mujer detrás de la barra me ve y me grita que ni se le ocurra potar en los baños que luego hay alguien que tiene que limpiarlos. Le digo que se vaya a la mierda. Narsaq empieza a reirse como una loca. Mi impertinencia no ha llamado mucho la atención, pero con sus carcajadas nos mira hasta la estatua del payaso gigante.
    Narsaq tiene arcadas y quiere cerrar la puerta para vomitar sola. Pero no puede ni mantenerse en pie. Así que le digo que no, que esta vez voy a tener que verla y se va a aguantar. Me mira como si no me entendiese. Le da una arcada. Se mantiene de pie, intentando retener el vodka dentro de ella. Puedo ver el esfuerzo que hace para tratar de frenar el tío vivo en el que está su cerebro, erguir sus piernas firmes, vocalizar con lógica para decir claramente doy asco, doy asco y vomito porque si no estoy delgada no me querrás.
    (Me dio igual que el drama ya fuese suficiente con solo una de nosotras montando la escena)
    Lloro.






 
SUBE