[ q t r e q t ]



punto y coma de ebullición { 5 }

        duodécimo segundo
    Tengo los tubos bombeando mierda más allá de mi carne, de mi capas. Como gusanos. Como sanguijuelas que además de robarme la esencia vital me inyectan su ponzoña. Me siento enveneada, sucia, impotente, pero tan débil que ni siquiera soy del todo capaz de sentir. Así que solo sueño. Respiro, inconscientemente. 
    La gente tiene muchas muchas cosas que decirme. Yo solo deseo que se callen y se marchen, o que se queden y me dejen ir. Si tanto les gusta el morbo, que se queden y les den la murga a cualquier otro paciente. Y cómo lo adoran. El drama, la preocupación innecesaria, el murmurar afligidos unos con los otros como compadeciéndose de sufrir un mal común que soy yo. 
    Mientras tanto me van contaminando lentamente y no puedo huir porque se me romperían las rodillas y me dejaría las piernas en el camino. No puedo evitar que me pudran porque no tengo fuerzas ya para combatir nada, es como rendirme a la oscuridad absoluta. Ese será mi futuro. Los líquidos misteriosos corren dentro del plástico directos a mis venas, así. La sangre se nutre y recibe mierdas que yo no estoy queriendo darle. Parte de mí me es ajena, otra vez, vuelve esa sensación. 
    No sé ni si pasa el tiempo ni si estoy pensando ni si va lento ni rápido, no lo sé. Me quitan el suero, dicen que estoy mejor. (Estar mejor, en sus bocas, es malo). Noto cosas. La almohada es incómoda si estoy demasiado tiempo sentada en la misma postura, en ciertos puntos del día la luz que entra por la ventana me da en los ojos y tengo que darme la vuelta, se escucha la televisión desde la habitación contigua. Encuentro sentido a los discursos de mis familiares, por mucho que intente restringirlo antes de que me llegue al cerebro. Me aburro. Siento el hambre. Siento mi cuerpo.
    Entonces traen una sopa, y sé que ya he llegado a mi límite. Sé que es la hora en la que se pondrán a intentar meterme comida sustanciosa con un embudo. No pueden meterme pescado intravenoso. No les dejaré. No pienso coger un tenedor. No pienso abrir la boca por mucho que me apreten la mandíbula. Traen una sopa, y la mujer tiene una sonrisa y ninguna actitud ofensiva, pero reacciono como si fuese un ataque a mano armada. Estoy segura de que abro los ojos como un conejo asustado. 
    Me encuentro lo suficientemente bien como para decirme que ya es la hora. Que esa acción impulsiva e irreflexiva ya había dejado de serlo a base de darle tantas vueltas tantos años, de tanto soñar y planear.
      (Narsaq apareció bajo mi ventana exhausta por haber corrido, al borde del desmayo, y con un fajo de billetes de sus padres en la mano. Llevaba puesta la bata del hospital.)

      decimotercer segundo.
      Wow.
    Narsaq entre dormida y despierta era una de mis favoritas Narsaqs.
    Tenía la boca haciendo un puchero, el pelo negro revuelto y hablaba con voz ronca, calmada. Llevaba la chaqueta de cuero puesta, las cremalleras en las mangas le habían dejado marcas en la piel y en las mejillas al dormir encima de ellas. 
    Wow. Mira qué bonito.
    Sí.
    (puede que no girase la cabeza para observar las estrellas, y siguiese concentrada en su rostro)
    Es realmente bonito. Es... realmente... realmente... bonito.
    No pude ni entender cómo empezó a llorar. Por mucho que hubiésemos llorado tanto en tan poco tiempo, no me acostumbraba. Seguía creyendo que era el reflejo de la luna bajo sus ojeras. Lloraba silenciosamente, no como yo, y se miraba los pies y mantenía una expresión solemne mientras el agua brotaba de sus ojos y mi corazón se despedazaba.
    Qué te pasa, susurro.
    No, nada, nada malo. Es que es demasiado bonito, ¿sabes? Esto. Estar contigo, y las estrellas, y que nada más importe. O que nada más me importe.
    Sí.
    Es tan bonito y me hace darme cuenta de que... mira cuántas estrellas hay y cuánto espacio, y cuánta infinidad. Algún día nos moriremos todos, los gordos y los flacos, los que han sido crueles, los que han triunfado y los que no han sido nada, y el universo no se dará ni cuenta. Más allá de nuestras mentes no tenemos significado. Sólo los humanos y nuestros pensamientos son los que nos hacen daño, no hay veracidad en cuanto te separas. Somos ilógicos porque de tanto usar la crueldad se ha vuelto parte de nuestro cuerpo. Pero una vez estás fuera, ya está, ya da igual quién seas. Libre. Puro.
    Me mira.
    Eso ha sido la típica cursilada de "qué insignificantes somos", lo siento.
    Sonríe un poco.
    No. Quiero decir. Te entiendo más de lo que podrías pensar. Joder, ¿verdad?
    (Tengo 16 años y todavía siento cosquilleos en la lengua al decir palabrotas).
    Me besa en la frente.
    Esto es tan perfecto, digo.
    Ella asiente.
    Huele bien. La caravana. El bosque, digo.
    Y ese panel de galaxia que tenemos enfrente, como si pudiésemos ver todo lo que hay por ver, desde aquí. Como si lo tuviésemos todo, dice.
    La escucho y parece feliz. La niña atormentada de su diario, la reina desterrada que gritaba a sus padres en silencio, que temblaba cuando le ponían un plato de comida delante. Es ella, y parece que su espíritu entero suspira.
    Todo da tan igual, emergen las palabras entre mis labios. Todo lo que antes lo era todo, todo todo, exclamo, sonriendo. 
    Me abraza. Sale el sol.

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