[ q t r e q t ]



después de la primavera




el silencio aquí es húmedo, cargante. es palpable. puedo tumbarme en el suelo y sentirlo trepar en mis orejas, colarse dentro de mi nariz, agujerearme los lacrimales. las plantas crecen en silencio. tengo la sensación de que lo hacen más rápido de lo que sería posible. han roto los cristales y resquebrajado las paredes.
yo podría ser una planta, un helecho. no son autóctonos pero están por todas partes, sabes. mi profesora de literatura se queja de ellos a veces. podría ser una hoja seca. a lo mejor lo soy. puedo tener un disfraz muy convincente pero en realidad soy una hoja seca que se cayó de algún almendro en otoño. me gusta pisar hojas secas para escucharlas crujir.

el sol estaba ocupando gran parte de la sala y me había arrinconado en un recuadro seguro todavía oscuro. uno de los gatos estaba enroscado a mi lado mientras yo leía los diarios surrealistas de Escarabajo. tenía los pies descalzos y ennegrecidos por el polvo. los tobillos, ensangrentados por los zapatos nuevos. llevaba un vestido blanco de verano para lidiar con el calor, y se me había olvidado que no debería tumbarme con él sobre aquel suelo que llevaba años sin una fregona. se escuchaban las patitas de algún gato, rata o zorro de vez en cuando, y las gotas del rocío de una lluvia de verano que había caído sobre las magnolias.

se salpicaban sonidos suaves, pero predominaba el silencio. allí nunca había demasiado ruido. podían desgañitarse los petirrojos que se alineaban en el cable de la luz (cuyos postes de madera astillada estaban a punto de quebrar) , que nunca me sobresaltaban, ni ellos ni nada. fuera de ese lugar era distinto. mi alma se tensaba, se erguía nerviosa ante cualquier estímulo como si fueran amenazas.

lo primero que sentí al escuchar los tacones contra el suelo de piedra fue extrañeza. me costó identificar que aquello eran zapatos, resonando en los intervalos que evidenciaban a una persona caminando. era en el piso de abajo, pero la acústica de aquel edificio magnificaba los sonidos de manera que podrías escuchar la incursión de un ratón.
normalmente la gente que venía a beber y hablar y reírse se hacía notar desde el momento en el que saltaban la valla para llegar al jardín. y hacía más de un año que habían dejado de pasarse los viernes por la noche. aquel era un único individuo, atravesando la  sala en silencio.

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