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Retrato de la otra vida de Isabel { 1 }

{relato largo o historia corta, hihi}
You and I on weheartit

El museo estaba casi vacío. Tras regalar entradas durante el mes pasado, no quedaba un alma en la ciudad deseosa de acudir. Las escasas pisadas resonaban por toda la estructura del edificio, subiendo por unas altísimas paredes de mármol y recorriendo pulidas baldosas sobre el suelo. Eran una corrientes que permitían percibir la existencia de otro ser humano varias salas más allá. Que el museo fuese tan inmenso como era no ayudaba a calmar la sensación de soledad.

Amanda no se paraba demasiado a ver los cuadros. Simplemente les echaba una ojeada rápida, casi corriendo por los pasillos. Llevaba horas allí haciendo lo mismo y ni siquiera había terminado con la mitad de las obras expuestas. Luego de su carrera intentaba recordar alguna en especial, y a penas vislumbraba colores que se entremezclaban en su cabeza. Ni siquiera podría decir si se estaba entreteniendo. Era mejor que estar en casa, al menos.

En un par de obras abstractas, se detuvo. Porque no era capaz de interpretarlas. Sabía que tenían algún significado oculto, pero al cerebro no le bastaba con un simple vistazo para descubrirlo. Las piernas le obligaban a parar, y Amanda analizaba trazos, intentando encontrar un contexto. A veces se esclarecían mensajes entre aquellos círculos, aquellos simples triángulos o estrellas. Otras, entendía representaciones, pero le parecían tan subjetivas como buscarles formas a las nubes. Desconocía si el autor realmente quería decirle lo que ella escuchaba. Pero siendo tan complicados, tenía el derecho de imaginar lo que le placiese. En ocasiones no comprendía nada, y se enfurecía. Sobre todo porque sentía que aquellos seguramente fuesen los secretos más interesantes del museo.

Una vez hubo terminado uno de los pasillos más largos, se sentó en el primer banco blanco pegado a la pared. Miró a sus lados, y descubrió que aun le quedaban otros tres pasillos cuya trayectoria se perdía en el horizonte. Y a la vez ramificarían en más pasillos, y salas interminables. Decidió quedarse allí un poco más, sólo para respirar y mentalizarse.

Tenía los codos apoyados en las rodillas y la cabeza apoyada en las manos. Miraba el suelo níveo, que no era tan puro como había pensado cuando lo pisó por primera vez. Algunas ondas surcaban la piedra. Ahora que estaba más cerca de él, podía seguirlas con la vista y perderse en aquel pensamiento tan banal.
Poco después fue cuando se empezó a sentir observada. Al principio fue un cosquilleo en la nuca. Luego derivó en presión. Buscó concienzudamente alguna persona que la miraba, o cámaras en las esquinas. Pensó que el banco no era un banco, si no otra escultura, y tal vez un guarda de seguridad ninja le estuviese clavando los ojos con reprobación. Entonces giró la cabeza al frente. Y allí estaba, justo delante. Ni siquiera se había dado cuenta.

Era  una chica de enormes ojos verdes. Destacaban contra un tono de piel medianamente moreno, bronceado. Tenía un lunar en el pómulo izquierdo, densas pestañas y labios finos. La nariz, sin embargo, era grande y triangular. Puntiguada. Llevaba el pelo suelto ondulado, castaño oscuro, hasta la cintura. Las puntas acariciaban sus rodillas, porque estaba sentada sobre el césped. De espaldas, miraba por encima del hombro, con una expresión de sorpresa. Parecía que quien viese aquel cuadro estaba invadiendo su intimidad. Los ojos estaban muy abiertos, y ligeramente la boca, también. Era como si Amanda estuviese descubriendo algo prohibido, y parecía que aquello era... la mujer en sí. Podía adivinar la razón. De sus omóplatos surgía un par de alas replegadas, algo sucias y despeinadas (si unas plumas pueden estar despeindas). Para nada se parecía al resto de retratos que Amanda había visto. El museo se especializaba en obras clásicas y pocas modernas, que no solían ser representativas. Así que estaba acostumbrada a ver sobrios retratos de señoronas y señorones enseñando el  busto. Obviamente, había muchos ángeles, también. Pero eran distintos. Más divinos, como los cuadros de dioses. Eran altivos. Y sus pieles, pálidas.

No tenía muchas razones para argumentar por qué aquello era distinto y tan bello, pero lo era. Se acercó para observarlo de cerca. Estaba algo deteriorado, los colores gastados y algunas grietas. No podía ser actual. Al mirar la plaquita que había dejabo lo comprobó; pertenecía a la segunda mitad del siglo XVII.
Se quedó allí plantada, repasando las líneas del ángel sin querer marcharse. Sin querer abandonarla. Le resultó imposible, pero estaba segura de que aquello también tenía trasfondo, como le ocurría con las obras abstractas. Significado... más significado. Había todo un mundo detrás de aquel cuadro, no sólo el que se enseñaba. Un mundo de césped verde oscuro y ángeles escondidos en los arbustos.

Tuvo ganas de hacerle una foto con el móvil, pero no sería lo mismo. Además, sentía que aquello sería violar la intimidad de la chica, porque ni siquiera le había pedido permiso.

La expresión no tenía un solo fallo. Todos las pinceladas eran uniformes y perfectas. Casi parecía una fotografía. Había mucho realismo. Tanto que Amanda creyó que el autor vio realmente a aquel ángel. No podía haber sido de otra manera. Descubrió semejante criatura y, avergonzado por su cara asustada, huyó. O se quedó allí, estático, como había hecho Amanda. Siendo el ángel quién huiría entonces. Aunque sólo lo hubiese tenido delante de sus ojos durante unos segundos, la imagen permaneció en su consciencia y en su inconsciencia fiel a los detalles. Y cuando se puso a representarla al fin, cada movimiento de la muñeca surgió solo. Tal vez nunca había dibujado bien. Pero una aparición como aquella creaba talentos.

Amanda se sonrojó un poco al recapacitar en las historias tan surrealistas que estaba montando en su cabeza.

Forzándose, pensó que en cuanto llegase a casa aveguaría más sobre el autor y la historia del cuadro. Memorizó el nombre, que venía en la pequeña placa. La verdad es que tenía ganas de buscarlo en wikipedia, saber sobre su vida. Encontrar más obras suyas.

No le apetecía visitar el resto del museo. Lo había decidido. En realidad, le aburría bastante. Iría directamente a casa.

Pero cuando pretendió dejar aquel lugar, dejar aquel ángel... los miembros no respondían. Parecía que una no podía empaparse lo suficiente de él. Quedaban incógnitas. Quedaban milímetros en los bordes que no había examinado con el suficiente rigor. Y tenía tanto que conocer...

Amanda tuvo una idea. Precavida, miró bien si había personas próximas. Pero estaba todo seco, tanto como alcanzaba su vista.
Así que procedió.
      'Hola, eh... siento haberte asustado, pero debes de estar acostumbrada' se rio, pegada al cuadro, intentando que nadie más pudiese escucharla. '¿Y cómo te va?'

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