[ q t r e q t ]



Hyozen { 2 }

Todos los capítulos.


Se metió en su habitación, sin cerrar la puerta. No podía. Cada vez que lo hacía, su madre entraba como una loca, mirando hacia todos lados. Se sentó muy recta sobre la cama, clavándose las uñas en las rodillas y escudriñando en el pasillo posibles sombras.

La mirada de su madre se aparecía de nuevo, y le daba asco. Le daba pena, rabia, de todo. Odio. Sentía mucho odio. Le daba miedo. Por sí misma. Por la manera en que ella se veía.

No soy como ella cree. Es ella la que está loca. Ella es la suicida. Ella es la extraña. Ella es la que no debería existir.

Se repetía esto, intentado creerlo.

Yo actúo de una manera completamente lógica. Satisfago mis deseos inmediatos y reflejos. No intervienen pensamientos influenciados por ninguna clase de sentimientos. Reacciono a mis necesidades. Uso la coherencia en los procedimientos. Sigo la forma estándar para realizar determinadas cosas. Tengo reacciones a emociones corrientes en personas de mi edad y condición. Estoy en pleno uso de mis cualidades. No tengo pensamientos fuera de lo común.

Estoy harta de que mi madre me haga pensar lo contrario. Me haga sentir tan mal sin razón.

Se levantó de la cama, restregándose las lágrimas de rabia. Intentó relajar de nuevo su expresión, enfriarla. Esperó un poco para que su cara dejase de estar enrojecida. Adoptó un andar despreocupado, arrastrando ligeramente los pies, pasando un dedo por el borde de la mesa mientras caminaba. Tenía los ojos perdidos en algún lugar indefinido. La cara seria, pero no rígida.

            -Creo que me voy a dar un paseo. Me aburro.- Dudaba de que hubiese sonado tan casual como quería. Rezó para que su madre no hablase antes de que pudiese llegar a la puerta…

            -Tienes que estudiar –estampó. Era una excusa, no quería que saliese.

            -Ya lo he hecho. –Esa mentira siempre se le daba fatal.

            -Pues recoge la habitación.

            -Cuando vuelva…

            -¡No! ¡No! –su madre gritaba- ¡Ahora mismo! ¡Ni se te ocurra irte sin recoger la habitación!

            Aquel se resignó y volvió a entrar en el cuarto, propinándole una patada al marco de la puerta.
            -Eh, mamá… -dijo al echarle un vistazo a su habitación- ¿puedes venir?

Ella acudió con expresión irritada. Al ver el perfecto orden en el que se encontraba todo, abrió minúsculamente la boca. Aquel sabía lo que pensaba

            Me paso el día encerrada en mi habitación y no la he tocado un ápice. Está todo en el mismo lugar. Ella conoce perfectamente el hecho de que yo no recojo las cosas después de usarlas. Simplemente, he estado quieta, tumbada o sentada
.
            Es lo que hacen los adultos. Es lo que haces tú. Eso no es nada extraño. Deja de exagerar, mamá. 

Antes de que se inventase alguna réplica nueva, Aquel dio su trabajo por hecho y atravesó el pasillo hasta la puerta de salida. La abría a la vez que esperaba algún sonido que la obligase a volver. Pero con satisfacción, pudo salir de allí sin más interrupciones.

Fuera volvió a recuperar el sentimiento de libertad. No era pleno, no era como quería. Pero nunca había sido así. La libertad como ella la deseaba formaba parte de sus sueños. A veces pensaba que no existía, que anhelaba algo que nunca podría conocer, y que debería sentir esa falta durante el resto de su vida. Ni siquiera en la inconsciencia era capaz de librarse de todos los recuerdos de ese mundo.

Bajó las escaleras y salió a la calle. Inmediatamente hubo dado unos pasos bajo el sol, se encogió y volvió corriendo dentro del edificio antes de que la puerta se cerrase sola. Hacía mucho calor. Quería salir, quería alejarse, pero no soportaba el calor. Se sentó en el suelo del recibidor, que estaba hecho de baldosas de cerámica. Estaban fresquitas. Empezaba a sentirse mejor, así que se tumbó todo a lo largo sobre el suelo. Era de colores grises, rosas y marrones. No le gustaba, nada comparado con la perfección del blanco o la profundidad del negro. Ni con la infinidad de los dos.

Al rato las baldosas también empezaron a templarse con su cuerpo. Era horrible, era como si las contaminase. Se levantó de golpe, mareándose ligeramente. Sacudió sus brazos e hizo crujir la columna. Tenía que salir.

Agarró la puerta y desató delante de ella una ráfaga de luz. Parpadeó, repelida ante aquel calor que se pegaba a su piel. Era irritante, era casi como el contacto. Dio largas zancadas para aproximarse con premura al espacio de sombra que tenía más cerca, y así anduvo durante un rato. Al principio pensaba en caminar sin más, pero después recordó una invitación de sus amigos. Hacía tiempo que no salía con ellos. Recordaba que se lo pasaba bien.

Le había extrañado que le hubiesen dicho que fuese, ya que hacía tiempo que desistieron ante sus constantes negativas –que no eran culpa suya, si no de su madre-. Sus amigos nunca la juzgaban, no pensaban que estaba loca.

El parque estaba cerca. Las sombras de los árboles la cubrían en todo momento, y se respiraba frescura. Al instante reconoció que había sido una buena idea.

Vio a un grupo de personas sentadas creando un círculo. Estaba decidida a saludar, a hablar, a responder. Pero en cuanto estuvo cerca quiso darse media vuelta. No sabía si lo iba a pasar bien. Se imaginaba callada, incómoda. Hacía un mes que no hablaba con nadie de allí en persona.

Antes de que pudiese reaccionar, una chica de pelo castaño claro alzó la vista para mirarla. Sonrió. Se levantó, saludando con la mano.

            -¡Leíste mi mensaje! –exclamó- No me respondiste, así que no imaginaba que fueses a venir.

            -Ya, lo siento –se excusó Aquel.

            -¡No pasa nada! Estoy contenta de que estés aquí.

Aquel se fijó en como la gente del círculo se miraba entre sí y cuchicheaba. Nerea, la que se  había puesto en pie, los separó para hacer sitio a Aquel. Ambas se sentaron, entre preguntas rutinarias.

Aquel saludó a los presentes de forma general. Cruzó las piernas y hundió las manos en el césped. Estaba húmedo, recién regado por los aspersores. La tierra también. No le importaba mancharse las manos con aquel contacto. Arrancó algunas briznas de hierba, y pensó solo superficialmente en si debía levantar la cabeza, intentar intervenir en la conversación, antes de que estuviese demasiado avanzada o ya la tomasen por autista. Ella no era una persona tan solitaria, le gustaba la gente. Le agradaba pensar que Nerea había querido que acudiese. Relacionarse con otros seres de su especie era la cosa más normal que existía, y sin embargo, a su madre tampoco le gustaba.

Pero es que ella despreciaba a Nerea y al resto porque no la reprimían. Las otras niñas del instituto estaban tan extrañadas como su madre ante el comportamiento de Aquel. Le lanzaban indirectas, intentaban corregirla para no sentir vergüenza cuando estaban con ella. Las había llevado a su casa, y su madre las había adorado. Aquel no se sentía tan diferente a ellas, pero al parecer su madre sí veía allí un comportamiento que las hacía superiores, y ni siquiera disimulaba al demostrarlo.

El chico que había a su izquierda le tendió un vaso de tubo. Fue entonces cuando Aquel reparó en las diversas botellas de cristal que había en el centro del círculo, además de varios vasos de plástico apilados, zumo, refresco, y una bolsa llena de hielo.

            -¿Quieres? –le preguntó
.
            -Está bien –aceptó amablemente.

Se llevó el vaso a los labios, mojándolos ligeramente. Aquello estaba muy fuerte, y no le gustó, pero llevaba varios hielos y eso hacía que estuviese frío.

Lo tuvo un rato en las manos hasta que otra chica lo reclamó. La conocía, había sido amiga suya, pero ahora sentía que las sonrisas que le dirigía eran más formales.

Aquel cogió la bolsa de hielo disimuladamente, sacando un cubito del interior. Tenerlo en sus manos quemaba. Cerró los dedos entorno a él. Los calambres empezaron a correrle por el brazo, pero le gustaba. Se pasó el hielo por los brazos y por la frente, dejando un rastro de agua fría.

El chico a su lado la estaba mirando.

            -Me has dado una idea.

Apartó la vista rápidamente y exclamó, con una sonrisa;
            -¡Coged todos un hielo! Quien lo suelte primero, se bebe el cubata de un trago.

Todos se rieron y sacaron cubitos de la bolsa. Aquel ya tenía uno, pero se había derretido hasta ser del tamaño de una aceituna. Tomó otro nuevo, que era grande y deforme porque lo formaban dos cubitos pegados. Acercó la mano al centro del círculo, como habían hecho todos. Pasaron unos momentos. El agua corría entre los dedos de los integrantes, nadie cedió. Poco después un muchacho empezó a poner caras. Fruncía la boca y cerraba los ojos. Se aguantó, manteniéndose firme.

Los hielos de la mayoría estaban ya en la mitad de su volumen inicial. El chico de antes estaba retorciéndose.
            -No aguanto, pero no puedo beber, tengo que llegar a casa dentro de poco…

El que había propuesto el juego se encogió de hombros y soltó una risotada.
            -Menuda te vas a llevar de tu madre como sueltes ese hielo.

Al chico le cambió la cara de color, como reconociéndolo. Aguantó unos momentos más. Entonces la de la sonrisa formal, que hasta entonces había estado manteniendo una respiración profunda para aguantar, soltó el cubito de un manotazo.

            -¡Mierda! –exclamó, y todos rieron y soltaron los hielos. Menos Aquel.

La chica tuvo que beberse el vaso entero ante un coro de animadores. Aquel estaba callada, todavía pasándose agua congelada por los brazos. Observaba. Al principio, después tumbó la cabeza sobre la mochila de Nerea y miró las copas de los árboles. Parecía que unas se mezclaban con otras. Entre las hojas y las ramas, también se veía el cielo, un cielo que empezaba a tonarse cada vez más naranja con el paso del atardecer. A Aquel le gustaba mucho la noche. Era fresca, y solitaria.
Cogió la bolsa de los hielos y la abrazó. Se estaba a gusto. Empezó a adormilarse de nuevo, sumiéndose en la tranquilidad, aunque escuchase de fondo las risas y las conversaciones…

Creía que veía algo, pero no sabía si tenía los ojos abiertos, ni siquiera si tenía ojos. De nuevo, se sentía todo y  a la vez inexistente. El color de aquel lugar era imperceptible. Interpretable. Indefinible. No era un color siquiera, no era capaz de saber si cambiaba o no cambiaba, si realmente aquel espacio era material o no lo era. No sabía si estaba flotando o sujeta por todo a su alrededor. No distinguía el techo ni el suelo. Pero no se mareaba, no experimentaba malestar, porque aquello, de nuevo, era ella, o parte, o algo.

Cuando tenía estas ensoñaciones, Aquel no estaba dormida ni despierta. Era un término medio que sucedía cuando estaba a gusto, que le permitía transportarse a los mejores lugares que podía imaginar con el mayor realismo que su mente podía crear. Era como si controlase sus propios sueños.

Allí no existía el calor. El calor es algo artificial, impuro. Aquel no podía sentirlo, pero sabía, de alguna manera, que hacía un frío intenso, proveniente del vacío más abismal. Un frío mortal.

Era tan perfecto aquello que despertar la lleno de agonía por dentro. Abarcó sus entrañas, se abrió paso como agua desbordada. De repente estaba de vuelta.

Era otro chico, más pequeño que los demás, quien la había sacudido del hombro.
            -¿Eh, ¿estás bien? ¿Has bebido demasiado?

            -No, no es eso… -musitó Aquel- Sólo estaba cansada, gracias –no era capaz de gesticular una mueca acorde con lo que quería transmitir, porque se sentía desdichada, y la cara no le respondía.

Él la miró con extrañeza.
            -Ya... ya nos vamos a ir.

Aquel se despejó un poco y comprobó que todo estaba oscuro ya. Se había hecho de noche, ¿Cuánto tiempo llevaba flotando en aquella nada de su cabeza? La gente se había levantado, y aquella chica, la que soltó el cubito la primera, estaba siendo sujetada por dos personas a cada lado. Borboteaba palabras y tenía cara de a punto de vomitar.

            -Me voy a ir por otro camino. Hasta pronto.

No tenía sentido despedirse de más gente, porque casi ya no los conocía y Nerea también estaba un poco como la otra.

El que propuso el juego de los hielos se le acercó, cuando vio que se marchaba.
            -¿Te vas?

Aquel se dio media vuelta para asentir con la cabeza y seguir.
            -¿Quieres que te acompañe? –preguntó ahora.

Ella volvió a girarse. Miró al chico detenidamente. Pensó su respuesta con tranquilidad, también.
            -No. Gracias –y esta vez sí logró una sonrisa.

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