[ q t r e q t ]



Hyozen { 1 }

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El color blanco es casi palpable. Es plano, es resbaladizo, es frío y distinguido. Un contacto repetido hacía que lo sintiese bajo sus yemas, colarse entre los surcos de sus huellas con toda su perfecta lisura.
Flexionó los dedos, estirándolos y contrayéndolos.

Feos. Vivos. Decepcionantes y asquerosos. Viejos.

En perspectiva, aquel blanco era infinito. Era una explanada de manumisión. Si fuera diminuta, podría encontrar allí kilómetros de libertad, podría correr en la luz del blanco y fundirse con ella. Sería engullida por la perfección, y no regresaría. Nunca.

Notaba como sus ojos se cerraban. Algunos detalles se volvieron borrosos. Dejó la mano quieta, tumbada sobre la superficie clara, como inerte. Quiso ser llevada por aquel sueño venidero.

            Si me duermo aquí sería muy extraño.

O eso le habrían dicho.
Ella era líquido. Formaba parte de un mar níveo. Las olas chocaban; ella se sentía arrastrar hacia adelante y volver atrás. Pero no era un movimiento desacorde. El vaivén se repetía con orden, a la vez hasta donde alcanzaban sus sentidos, impulsándose mutuamente, sincronizado.

Las acciones regulares eran sumamente relajantes. Tenían lógica, tenían sentido. Una razón de ser. Allí, formaba parte de una cadena de entes que se necesitaban unos a otros, y a la vez de un todo, y podía sentirse tanto como aquel único todo, como parte de una comunidad imprescindible.

No hay nada más allá de esto. No hay existencia. La nada es la sola verdad, lo auténtico.

Cuando Aquel se adormilaba, perdía cierta noción de la realidad. Le gustaba que pasara eso. Lo malo era despertarse.

Escuchó un sonido que, sin ser demasiado estridente, la alertó por completo. Era, en sus recuerdos, el aviso de una invasión enemiga. El claro despertador a todas sus ensoñaciones. La pura realidad queriendo abrirse paso.

Abren la puerta.

Unos sonidos horribles de la llave moviendo los pestillos, desatornillando pesadamente las amarraduras que mantenían cerrada la entrada. Aquel lo destetaba. Cada vez que alguien abría aquella puerta, sentía con más ansia las ganas de soledad, la necesidad de un lugar propio. Cuando estaba sola aquello era bonito. Lo sentía suyo. Pero en cuanto se adentraba alguien más, con aquel estúpido derecho que da una llave a ni siquiera llamar antes de entrar, era arrancada de todo lo que había construido.

Sacó la cabeza de la nevera, arqueando la espalda y el cuello después para hacerlos crujir. Luego los brazos. Sintió rápidamente el calor, el calor agobiante. Cubrió su piel de nuevo. Era repulsivo
.
Se levantó de golpe y cerró la nevera. Dio una vuelta para ponerse de cara al lavaplatos, y retorció la válvula de agua fría lentamente. Alargó un brazo hacia los vasos para coger uno, llenarlo. En la postura más natural posible. Con un codo apoyado en el marco de la ventana, el cuerpo recostado sobre la pared de debajo y un pie delante de otro. Pegó un trago de agua y relajó la cara

-¿Qué haces? –preguntó su madre a modo de saludo.

Aquel levantó su vaso.

La mujer se acercó a ella con paso frenético, y ella se asustó. No sabía qué había hecho mal. Pero tenía esa mirada, de enfadada y de extrañada, de asqueada por su propia hija. Esa mirada la traía siempre a casa. Aquel la detestaba tanto que había acabado odiando a esa mujer.

Era la ventana, detrás de ella. Su madre la palpó. Quería saber si estaba abierta –ya que con los cristales limpios, no podía apreciarse- y al comprobar que no, su mirada se tranquilizó. Miró a Aquel, y algo como una sonrisa de disculpa pareció asomar, pero no terminó de cuajarse.

Aquel anduvo tranquilamente, como si no supiera a qué había venido aquella reacción de su progenitora. Un paso, otro. Alejándose de la cocina. Y salió.

            Asquerosísima estúpida. No podría ni abrir ni una ventana sin que piense que me voy a tirar por ella. Asquerosísima estúpida.


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