[ q t r e q t ]



Prólogo "Alice y sus ojos ajenos"

El título no está decidido completamente >//////////< Esta es una historia de la que tengo poquito escrito, así que seguramente sólo colgaré el prólogo a no ser que la termine entera ^-*


ALICE Y SUS OJOS AJENOS


Mi alma navegaba por los recuerdos que había atesorado durante mi existencia. No quería, no quería rememorarlos, pero la situación me obligaba. Sólo deseaba acordarme de aquel momento durante toda la eternidad que dura una muerte.
                Era ella. Oh, odiaba a esa muñeca. Aparecía nítida ante mis ojos; desde fuera, ajena, como sería ante otros que no habían estado en sus carnes. Su visión lo convertía todo en una pesadilla. No quería seguir viéndola, pero formaba parte de mi existencia. No de mi vida, eso no. Sus ojos, oh, sus ojos azules. Estaban vacíos e inertes como sólo podía ser el plástico. Pero antes, antes aquellos ojos tenían en sí la visión, y aquellas orejas pequeñas, la audición. Los labios rosados siempre habían permanecido sellados, sin embargo. Su mirada inocente y perdida en algún punto de mi cabeza lograba perturbarme. ¿Hacia dónde miraba? Hacia todos los lugares; los que estaban allí, y los que no. Imaginaba cualquier otra alternativa a aquella cárcel de paredes moradas. Se resistía; la porcelana no estaba hecha para almacenar pensamientos tan complejos, imaginaciones tan lejanas… Los límites estaban tan dentro de la lógica que trastornaron mi cabeza y la volvieron simple. Simple y superficial, así son las mentes de las muñecas. Tienes que adaptarte para no sentir la frustración. Tienes que afrontar el mismo paisaje todos los días y todas las noches. No sobrevives con un cerebro complejo… ay, y qué rápido había vuelto ahora. Cómo analizaba a aquella muñeca como si fuese de nuevo la niña que había sido antes. Qué pena que hubiese vuelto tan tarde.
                Me estaba muriendo. Lo sabía. Sin embargo, tenía miedo, ¿por qué tardaba tanto? ¿Por qué no dejaba de ver mi anterior condena, y lo transformaba en una perenne oscuridad? Sin respuestas, mis recuerdos se trastornaron. Volví a ver algo que creía ya olvidado para siempre… y si hubiese tenido mis ojos en aquel instante, hubiese llorado lágrimas amargas.
                Era yo. Yo como siempre tenía que haber sido. Una niña, con su vestido de pana y un lazo uniendo sus rizos castaños. Tenía los ojos pequeños y mofletes abundantes. Parecía otra persona, me reconocía en ella, pero parecía otra. Más feliz, más viva. Estaba claro que era la parte más profunda de mi cerebro la que guardaba aquellos momentos tan lejanos. Nunca había sido capaz de rememorarlos de nuevo. ¿Habría vivido mi cuerpo de niña otra vida mientras mi alma permanecía encerrada? No, no lo creía. Aquella pequeña dichosa murió, su cuerpo quedó vacío y nadie más lo volvería a habitar nunca.
                No. No. No podía ser. Estaba sintiendo… tristeza. No. No. Unos recuerdos finales no podían ser tan crueles. Supongo que algún destino manipulador está ahí asegurándose de que nadie muere feliz, de que nadie muere sin querer seguir viviendo. Oh, yo aquel día estaba muriendo con más ganas de morir que nunca. Y todas, sin poder atraparlas, se habían esfumado. De repente quería ser aquella niña. Quería volver a ver el mundo. Estaba tan triste… ¡qué egoísta! ¿No me acordaba de las larguísimas horas entre las paredes de aquella habitación infantil? Con los ojos de aquel peluche clavados en mí, y los míos clavados en él, porque así nos habían dejado. ¿No me acordaba de la casa abandonada, de mí misma bajo el parqué, en una negrura tan profunda que no sabía si estaba muerta? Para mí morir tenía que ser el júbilo mayor que jamás hubiese experimentado. Pero me acordaba de aquella vieja asquerosa, aquella que me condenó como maldita. Y del collar, del odioso ojo azul. De repente, quería venganza. Y la venganza es una deuda con el mundo. Y no quería ninguna deuda para poder abandonar el mundo. ¿Qué es más fuerte, el odio o el amor? ¿El odio hacia quién hizo mi vida un infierno, o el amor hacia los buenos momentos que atesoré en mi vida? «Dejadme, ambos». Ya nada podía hacer. El destino había convertido mi muerte, al igual que hizo con mi existencia, en una condena. Oh, a él también lo odiaba.

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