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Alice y sus ojos ajenos [3]

Tercera parte de esta historia. El resto en el tag o etiqueta "Alice y sus ojos ajenos" ^-^

Alice y sus ojos ajenos


Llevo rememorando ese momento tanto tiempo que podría describirlo con las mismas palabras una y otra vez. El lugar, el instante, el acto decisivo. Y pensar que aquel día me había levantado como si fuera cualquier otro día, con la seguridad de que al día siguiente haría lo mismo. Qué simple eran los cambios radicales en el destino a veces. Resultaba desesperante.
                Aquel objeto era el delicado ojo de Alice. Rosa pálido, rosa vacío. En cuanto la toqué se volvió castaño. Y volvió a su legítima propietaria.
                Alice había estado guardada durante años en el sótano de una casa vieja en un pequeño pueblo de Inglaterra. A las afueras, donde nadie más vivía. Reposaba tranquila y miraba al vacío con un solo ojo. El sótano era poco acogedor, no le gustaba. Quería una compañera cuanto antes posible. Su energía se agotaba, no podía seguir así mucho más. Pero cuando sufría de alguna pena, ya fuese cansancio, aburrimiento o falta de vida, su ojo derecho refulgía y atraía a alguien hacia sí. En aquellos tiempos deseaba mucho encontrar a la persona, por lo que el objeto hasta buscaba disimuladamente por su cuenta. No fue necesario esperar más.
                Un día el ojo derecho de Alice se cambió de color. Sutilmente, una espiral se formó en torno a su pupila y coloreó el iris de marrón claro, una tonalidad profunda y llena de vida. Le quedaba bien; era castaño líquido, suave y brillante. Mucho mejor que su anterior rosa aburrido. Ahora Alice y Charlotte eran una.
                La propietaria de la casa regresó por primera vez en cuarenta y siete años un día de floral primavera. Aquella había sido su vivienda durante la infancia. Recordaba un edificio de dos plantas, grande, de techos altos. Todas las ventanas del piso de arriba tenían un balcón con enredaderas. Los pasillos estaban siempre iluminados, y entraba la fragancia de las plantas en el jardín. Un jardín precioso. La casa estaba llena de colores vívidos y de vida. Sus hermanos eran muchos; Raquel, Mía, Ana, Inma, Joseph, Richard, Daniel y ella. Nunca dejaban la casa sola. La melodía de las risas, de los llantos infantiles o de las conversaciones apagadas era constante e imprescindible para el hogar.
                De todos sus hermanos, sólo quedaba ella. Sus padres habían muerto cuando ella ya estaba independizada, y luego los demás; se hacían más y más viejos, y la iban abandonando y la dejaban cada vez más sola. El día anterior había recibido la noticia del fallecimiento de Joseph. El último de sus queridos hermanos. Y, viéndose tan sola, tuvo un arrebato y viajó hasta Inglaterra para visitar de nuevo aquella vivienda.
                Estaba totalmente abandonada, echada a perder. Ahora eran las malas hierbas quiénes la poblaban. Y, aun siendo sus recuerdos sobre ella tan tenues, la vio de nuevo en aquella semiderruida construcción.
                Había abandonado el lugar cuando tenía quince y años después de que ocurriese el primer fallecimiento en la familia. Mía, con la edad de tan sólo siete, resultó desaparecida.
                Era la más pequeña de toda la casa, y también la más dulce. Cogía rabietas de vez en cuando, pero siempre se la recordaba con amor y ternura. Ocurrió en otoño. Mía trasteaba por la casa. La escuchaban desde la cocina, que estaba orientada al jardín de los arbustos. Era el más divertido de todos; había escondites, animalitos pequeños, frutas raras… De repente, escucharon un grito.
                Ella, que ayudaba en la cocina, salió corriendo junto a su madre y a sus hermanas. Llevaban el puesto el delantal. No encontraron a nadie. Buscaron, buscaron durante días. Buscaron durante años. Y muchos, buscaron hasta que se consumieron sus vidas. Pero nunca volvieron a ver a Mía.
                Entonces, Lauren estaba terriblemente triste a causa de esto. Era de todos la mejor amiga de la pequeña. Un día en su habitación, cogió la pequeña muñeca con la que solían jugar. Le traía recuerdos de Mía, pero sabía tenía que afrontarlos, debía aprender a vivir con ellos. Empezó a peinarla tal y como hacían las dos hermanas cuando estaban juntas. Cuando se vio más confiada y aquel fantasma no la molestaba, cantó con voz queda una melodía sin letra. En ella añadió un par de nombres:
                Mía, Mía, Mía.
                Alice, Alice, Alice.
Era el nombre de la muñeca. Le gustaba pronunciarlo en alto, al igual que el de su hermana. Mientras la peinaba, miraba su rostro delicado y pálido. Sus ligeros toques de colorete rojo, los diminutos labios cerrados… Soltó la muñeca como si de repente le quemase las manos. Viéndola en el suelo, ella tenía los ojos desorbitados. Gritó.
Acudió Joseph, asustado ante el alarido. Se calmó considerablemente cuando la vio allí, ilesa. Pero la expresión descompuesta de la niña volvió a alarmarle.
¡Lauren! ¿Qué ha ocurrido? Soltó un gemido ante la niña, cuando se giró y lo miró, asustada, y retrocedió atrás mientras las piernas le fallaban. Joseph tuvo que recogerla para que no se cayese.
Es la muñeca… tiene el ojo… el ojo derecho… el ojo de Mía… Pensar con la suficiente racionalidad como para hablar coherentemente le resultaba inconcebible en ese momento.
Tranquila, es sólo una muñeca. Por muchos malos recuerdos que te traiga, no es más que una…
¡NO! Bramó Lauren.¡No, ese ojo no es suyo, ella lo ha hecho, ELLA LA HA MATADO!
El chico tragó saliva. Su hermana se retorcía entre sus brazos, inestable. La meció, y con una expresión cansada, cogió a la muñeca. Lauren cerró los ojos con fuerza para no volverla a ver. Notó como Joseph se tensaba. Por un momento tuvo miedo de que no viera lo mismo que había visto ella, y la tomara por loca. Pero no fue así.
 Mía musitó, y Lauren supo que la había reconocido.
Acordaron no hablar de aquello con el resto de su familia. Pero la muñeca quedó escondida bajo el suelo de la habitación de Mía, sin que nadie más lo supiese. Y tres años después, cuando abandonaron la casa, permaneció allí.

Y seguía cuando Lauren volvió; cincuenta y dos años cumplidos. Era gracioso. Toda la casa estaba destrozada, mientras que la muñeca permanecía impertérrita. Exactamente igual que siempre. Su vestido, con los pololos y el cancán. Los calcetines de encaje. Todo era igual… menos el ojo derecho. Estaba rosa, rosa pálido y vaído. Como cuando era antes de que se tornase igual que el de Mía, de vívido verde oscuro. Mía ya no estaba en aquella muñeca. Entonces sí que había muerto definitivamente.
Lauren invirtió los diez años siguientes en restaurar la casa. Dejó a Alice en el sótano, y no la volvió a mirar. Simplemente quería tenerla cerca. Esperaba que la próxima víctima de la pequeña muñeca fuese ella, ella y sólo ella. No quería que se llevase otra vida inocente. Ella estaba lista para morir.
Cuando Lauren ya llegaba a los sesenta y dos, la casa estuvo terminada. Lauren subió al sótano, por fin, para ver la muñeca. Su ojo derecho era ahora castaño. Lauren se enfureció. En aquel tiempo, la muñeca se había llevado otra vida. Esa vida era yo.

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