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Alice y sus ojos ajenos [2]

Segunda parte de mi relato/historia corta Alice y sus ojos ajenos. La primera parte podéis encontrarla en la etiqueta o tag; "Alice y sus ojos ajenos" ^-^ (Si alguien que conozco en persona está leyendo esto: YO. NO. ESCRIBO... esto es pura tontería, ¿oc? D:)

ALICE Y SUS OJOS AJENOS [II parte]


Querida Charlotte;
                Tranquila bonita, regresaremos pronto. No falta mucho. Te lo juro. Me angustia leer tus cartas desesperadas… cuando volvamos, te podremos comprar un caballo. ¡Un caballo blanco! ¿No es lo que siempre has querido? Te encantará, sé un lugar donde los tienen muy bien cuidados, tan suaves, y altos. Cuando volvamos, tendremos mucho dinero. Estamos vendiendo la mercancía estupendamente. Tú no entiendes de éstas cosas, pequeña, pero aquí, en otros países y con un buen barco, se gana mucho dinero. Es bastante simple; cuando llegue te lo explicaré. Te va a gustar, al fin y al cabo, algún día tú tendrás que dedicarte a esto. Te quiero, bonita. Volveremos muy pronto.
                Besos. Mamá.

                La carta lo repetía una y otra vez; volveremos, regresaremos, volveremos…  Sin embargo, ella aún no estaba satisfecha. No quería más cartas. Quería a su madre, allí, diciéndole que todo había salido bien y que se quedaría para siempre con ella. Un montón de papeles con promesas no le servían para nada. Parecía que su madre no la conocía, y eso le hacía sentir triste.
                –Qué, ¿buenas noticias? –Le preguntó su tía, mientras le echaba una manta por encima de los hombros.
                –Supongo.  –Asintió Charlotte. Si con buenas noticias se refería a lo mismo que decían las cartas anteriores.
                Se sacudió la manta y salió a paso ligero de la habitación.  Una vez fuera, no sabía qué hacer. Cualquier cosa que la distrajese era válida. Atravesó la puerta de entrada y llegó al jardín. El cielo sobre su cabeza y el viento fresco londinense tenía que aclararle las ideas. Al ver que no era así, corrió fuera de la casa. Cuando atravesó la valla de madera podía escuchar a su tía por la ventana, gritando “¡Charlotte, Charlotte!”. Pero no era la primera vez que salía sin avisar para deambular por las calles sin rumbo fijo. A veces se perdía, y tenía que preguntar. En otras ocasiones tenía la convicción de que no volvería nunca a aquella casa. A veces volvía a los treinta minutos escasos porque tenía frío, hambre o miedo…
                Pero nunca había sucedido nada parecido a lo que sucedió aquel día. Y Charlotte no pudo, ni mucho menos, adivinar que esa sería la última vez en la que vería la casa de sus padres o la cara de su querida tía Clotilde.
                Caminando por las húmedas calles de Londres, daba patadas a todo lo que se ponía por delante. Llevaba puesto su mohín habitual. No era una niña permanentemente sonriente, ni alegre a todas horas, pero tampoco quejumbrosa. Le gustaba, a veces, compadecerse de sí misma, pero era consciente de que la mayoría de la gente estaba en una situación peor que la suya. Tampoco era éste un hecho que la consolase.
                Se acordó de su amigo, el mendigo. Lo conoció hacía unos meses mientras pedía pan en la estación de tren. No le hizo caso. No era culpa suya; la educación que había recibido le inculcaba malas ideas sobre la gente de clase baja, y recelaba ante conocer o ayudar a mendigantes. Fue muy egoísta, y ahora lo sabía. Días más tarde se lo volvió a encontrar en la Iglesia. Estaba todavía más sucio y delgado. Esta vez si que le tiró unas monedas, y él le sonrió agradecido. Ella había tragado saliva. Nunca había visto a nadie de su familia alegrarse tanto por unos chelines escasos. Se tomó más en serio la situación del pobre vagabundo, y cada vez que lo veía tirado de cualquier manera sobre la acera, le daba pan. Solía andar de aquí para allá por el barrio. Su familia no sabía que le ayudaba, si fuera así, se lo prohibirían. También solía llevarse comida de la cocina y salir a buscarlo. Siempre lo encontraba. Sabía que miles de niños estaban en la misma situación que aquel mendigo… y que muy pocas personas estaban en la suya. Sabía que debería ayudar a más personas. Sin embargo, no lo hacía. No tenía excusas para ello, simplemente no lo hacía.
                Entró por un estrecho callejón entre dos altos edificios. Estaba en una zona de la ciudad que su familia no solía frecuentar, tampoco. Desembocaba en una oscura plazoleta que semejaba un patio de luces. Las residencias delimitantes estaban casi en ruinas. Aun siendo un lugar tenebroso, Charlotte caminó segura hasta un banco que habían arrancado de su sitio y dejado en el medio. Allí estaba sentado aquel huérfano mendigo, a pesar del hedor ácido que desprendía el lugar.
                Parecía, de nuevo, ensimismado con algo. Siempre ocurría igual. Charlotte tenía la teoría de que el niño se entretenía buscando cosas que hacer en la calle, y las desentrañaba, pensaba, trabajaba y se divertía. A veces buscaba piedras de un color determinado. Otras, contaba adoquines en las aceras. También lo había visto buscar caras de personas en las grietas de los muros urbanos. Aquel día maquinaba alguna de ésas cosas banales que tanto le gustaban.
                – ¿Qué haces? –Preguntó Charlotte. Él se sobresaltó.
– Nada. Estaba pensando en una cosa que he encontrado hoy… -dijo, incorporándose.
– ¿De qué se trata?
El huérfano sacudió la cabeza.
– Es sobre una alcantarilla. No te gustaría.
Charlotte se disgustó ante la imagen que el niño tenía de ella.
– ¿Y por qué no me iba a gustar? ¡Me puede gustar como a la que más! ¡Dime qué es!
Se había enfadado.
– Claro… eh –se apresuró a responder–… está ahí mismo. Esa boca –señaló una rejilla metálica, en el borde de la acera–. Hoy mismo he visto varias veces un destello que salía de ahí. Dirás que puede ser una lata vieja o cualquier deshecho… pero me pareció un destello bonito, rosa pálido, encantador.
El niño solía apasionarse por los objetos que encontraba en la calle. Monedas, llaves, chapas, botellas, horquillas, botones… Aquello no resultaba especialmente diferente.
Charlotte se asomó a la boca con precaución para no mancharse la falda al agacharse. Inmediatamente vio una lucecita rosada parpadear en su interior.
                – No llego –anunció mientras colaba su mano entre los barrotes-. Y aunque tú tengas los brazos más delgados, está demasiado lejos. Pero parece hermosa. Tal vez sea una lamparita cuyo fulgor no haya perecido todavía –soñó–.
–Sí. Y seguramente no muera nunca. Será una luz para los que no tienen. Que dé calor, que te enseñe el camino cuando esté oscuro. Una luz para mí –suspiró el niño.
Charlotte giró bruscamente la cabeza para clavarle los ojos, enfurecida.
– ¡No! ¡Es delicada y pálida! Es una luz sutil que adornará mi habitación y me acompañará cuando mi madre esté fuera. Incluso, con ella, podré ir yo misma a buscarla.
                – ¡Es mía!
                – ¡Es mía!
                De repente, ambos sentían la misma ira. Una ira irracional y sobrenatural, salida de lo más profundo de aquella alcantarilla. No podían controlarla.
                – Yo la encontré. Yo la necesito.
                – Era mía mucho antes de que la encontraras. Me pertenece, siempre lo ha hecho y siempre lo hará.
                Se lanzaron hacia la boca a la vez, y al introducir sendos brazos, rozaron el musgo pestilente y la humedad de aguas residuales en las paredes. A nadie le importó, ni siquiera a Charlotte. Tampoco sintieron el dolor cuando forzaron sus hombros para alcanzar aquella luz. Ni cuando sus caras se presionaron contra los barrotes,  y allí quedaron las marcas horizontales. La falda de Charlotte estaba impregnada de la mugre del suelo, pero no se dio cuenta.
                ¡La alcanzaban! No sabían cómo, pero la luz era cada vez más intensa y refulgente. Inundaba sus ojos por completo. Y la sentían cercana, percibían su calor con la punta de los dedos. Estiraron las manos…
                Y fue Charlotte quién tocó primero la superficie cristalina.

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