[ q t r e q t ]



Esperando a las setas venenosas: Relato

He escrito un pequeño relato para clase, que me quedó horrible ;___; Os lo dejo, de todas formas, para los masoquistas y demás ^^
ESPERANDO A LAS SETAS VENENOSAS
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 “El Rastro de Madrid” estaba abarrotado aquel día, por lo que transcurría con normalidad. Una figura menuda se colaba entre las masas dando brincos cerca de la que seguramente fuese su madre. Esta intentaba captar la belleza de aquel lugar con una cámara profesional, sin éxito.
La fotógrafa se acababa de instalar en el apartamento de su hermana, ansiosa por terminar un trabajo en el que debía plasmar todo el primor de la capital, para unos panfletos sobre turismo. Le iban a pagar bien, ¡por fin, podría llevarse algo a la boca, gracias a su destartalado empleo!
            Su hija la acompañaba, entusiasmada por lo nuevo que resultaba todo, aunque ligeramente intimidada ante aquella ciudad como las que nunca había visitado. Entre los cientos de personas como corrientes contradictorias, la pequeña Nova divisó un puesto de antigüedades, seguramente gracias a los objetos de cobre forjado y reluciente que se exponían sobre el tapete. Se acercó, arrastrando a Margalo consigo, la cual también se vio interesada. Nova observó fascinada las joyas engarzadas, las monedas añejas, y, un collar en particular, logró cautivarla con su singular hermosura.
            Se componía de una discreta cadena plateada y un único abalorio circular, que trataba de representar el ojo humano. Nova desconocía la razón por la que aquel objeto producía tanta intriga en ella, hasta que lo observó más detenidamente, percatándose del diminuto dibujo de un cuervo que se escondía en el iris del ojo. Causaba un extraño efecto hipnótico y una melodía, a su vez, que le produjo querer coger el collar y poner pies en polvorosa. Pero en vez de hacer eso, fue más inteligente y preguntó por el precio al dependiente. Fue entonces cuando su madre, al verla prendida por aquella sencilla gargantilla, teniendo en cuenta que ella nunca se dejaba llevar por los caprichos, sopesó la idea de regalárselo. Pero antes, lo miró, aprensiva. Le provocaba una macabra sensación que erizaba el vello de su nuca.
            -¿De dónde ha sacado eso?-le inquirió al vendedor, un hombre moreno que ya rozaría la edad de la jubilación.
            -Este pequeño trasto…se le cayó a un cuervo desde su pico mientras volaba, justo delante de mí-hizo un gesto representando la escena-Lo habría robado el muy chorizo. Te lo dejo a buen precio, y eso que lo he lavado bien y todo.
            Margalo alzó dos cejas incrédulas. ¿Estaba siendo demasiado sincero, o se estaba inventando una historia para darle más misterio al producto? No le importó demasiado, su hija la miraba con ojos suplicantes, así que no tuvo más que pagar la suma y marcharse sujetando el collar entre el dedo índice y el corazón, bien lejos de sí misma.
            Margalo dejó las llaves en la alacena y se quitó los zapatos. Tenía los pies doloridos por la larga caminata que había recorrido en “El Rastro”. Para colmo sólo tenía las fotos de aquel tenderete, con la sonrisa turbadora del viejo detrás. Había intentado figurar la belleza de Madrid recurriendo a las estatuas más famosas, a los edificios más memorables. Pero nada le parecía suficiente, ni siquiera digno, de ser fotografiado. Qué le iba hacer; debía seguir intentándolo.
            Nova corrió a su habitación y vio cómo le quedaba el collar en el espejo. Sublime. Mientras acariciaba el ojo con la yema del dedo, un sonido llegó a sus oídos, entrando por la ventana. Era un pájaro. Un cuervo. Se acercó y abrió bien las ventanas, para escuchar con claridad. El ave la observaba (o eso creía, ya que era difícil precisarlo) desde una rama del árbol de enfrente. Sus ojos eran azabaches como los de los seres feéricos, sus alas como las de los ángeles negros y sus plumas tenían un lustre metálico azulado.
            -¿Qué haces aquí, amigo?-le preguntó Nova, cruzando los brazos sobre la ventana.
            Él sólo le concedió unos graciosos movimientos de cabeza, combinados con un batir de alas y un pequeño saltito con sus patas brunas. Cuando ella iba a cerrar las ventanas para internarse de nuevo en la habitación, el ave se acercó más de lo que suelen hacerlo habitualmente, quedando a unos pocos palmos de distancia. Emitió de nuevo aquel graznido, demasiado agradable, demasiado hipnótico, para proceder de aquel tipo de animal. Era un sonido, en una palabra, imposible.
            El pájaro cantante batió las alas y se alejó de allí en un distraído planeo. Nova se había quedado inconscientemente seducida por el sonido, y tras el medio segundo que tardó en volver a conectar con el mundo real, salió corriendo de su habitación. Bajó las escaleras, abrió la puerta de la calle, divisó al cuervo sobre los tejados vecinos. La persecución dio comienzo, cuervo  y Nova, ella intentando no perderle la vista, él demasiado descuidado para pretender que no le diese alcance.
            El cerebro de Nova trabajaba más rápido ahora que su corazón también latía más deprisa; esa melodía, era indudablemente, la que producía el collar si lo mirabas de cerca. Aunque, no sabría decir si la producía el mismo collar, o su mente hechizada con el pequeño cuervo del ojo.
Corriendo y volando, los dos seres se internaron en la zona de gusto más dudoso de la ciudad. Nova ni se percató, intentando evocar la canción en su mente, ya que se daba cuenta de que aunque no viera al cuervo, si seguía el imperceptible rastro de la sinfonía acababa encontrándolo. Así que en muchos sentidos, no sabía si perseguía al cuervo o a la melodía. No sé paró, tampoco, a pensar en lo ridículo que sonaba esto.
Cuando sus fuerzas iban a decir basta (por mucho que todo el hipnotismo la hubiese dejado atontada, sus músculos seguían ahí) el cuervo dio fin a su viaje. Se posó en la rama retorcida de una higuera y miró a la chica, que paró en seco.
¿Dónde se había metido ahora ella? Miró a su alrededor; la hierba estaba gris, los árboles, grises, unos muros de ladrillo se salpicaban por ahí, grises. Daba la impresión de que todo allí era viejo, olvidado y nostálgico. ¿Cómo había llegado a allí? ¿Por dónde había pasado para acabar en aquel lugar, que del todo desconocía? No lograba recordarlo. Estaba en el lugar más lúgubre que había pisado en su vida (no, ni los cementerios eran así, al menos no de día) y desconocía la manera volver. Además, aparentemente el cuervo volvía a ser un cuervo corriente, y no parecía que tuviese la intención de ayudarla.
Era una plaza, para que os hagáis a la idea. Una plaza en ninguna parte, en un descampado, tal vez, pero no vacía. Escondida entre las sombras que proyectaban los escasos escombros de algún otro edificio que habría allí habido, se encontraba una tienda.  Era pequeña y pintoresca, con el toldo echado, un felpudo que rezaba “buenos días” y los cristales de los escaparates a ambos lados de la puerta, impolutos, que gozaban de dos macetas a sus pies. Eso sí, completamente gris. Parecía que en aquel lugar se hubiese extraviado la iluminación del  mundo, que todo lo que llegase a allí…acabaría siendo otro componente de aquel decorado mustio.
Nova se acercó a la tienda, dejando a su amigo el ave rapaz atrás.  Posó su mano en el complicado pomo que alguna vez habría sido dorado, y tiró hacia abajo para empujar y adentrarse en el establecimiento. Estaba pisando aquel suelo de parqué por vez primera, cuando la sobresaltó el tintineo de la campanita que avisaba de su entrada.
Era una sinfonía adorable, que se semejaba sospechosamente a aquella que la llevaba martilleando todo el día. De hecho; la tienda en sí producía misteriosas ondas de sonido, el ambiente, estaba cargado de algo desconocido. Todo allí, hipnotizaba. Si en algún lugar era fabricado el sonido de su collar y el cántico del cuervo, era en aquel. Cuando a había visto a través del escaparate parecía tan gris como todo allí; pero dentro descubría que las paredes eran de colores vivos (literalmente, parecía que estaban vivos y que se movían), hasta el aire parecía brillar. Mágico, sería la palabra. Pero a Nova le sobrecogía un hecho; semejaba que el interior de aquel comercio hubiese absorbido todos los colores de los entes en sus alrededores.


Era una tienda de espejos. Se adivinaba perfectamente por los –casi- cientos de ellos que había colgados, pegados o apoyados por todas partes. Con marcos hippies, con marcos llenos de filigranas, con marcos inspirados en el arte de alguna época pasada, con marcos inexistentes, cuyos espejos tenían los propios bordes decorativos, espejos pequeños que te hacían la cabeza más grande, espejos grandes que te hacían parecer pequeño, espejos-pegatina, espejos que decían la hora, espejos dejando entrever un extraño mecanismo que poseían…
¿Qué clase de persona construía una tienda en medio de ninguna parte? Alguien que no quería vender sus productos.La dependienta estaba sentada al lado de una puerta, leyendo un libro sobre el mostrador. Saludó cortésmente a Nova.
-¿Eh? Ah, hola…-respondió ella, recordando de pronto por qué había entrado allí.-Mira, me he perdido… ¿sabes cómo volver al barrio de Tetuán? ¿La calle que debo tomar?
La dependienta se mostró decepcionada.
-Oh, pero, ¿quieres salir de aquí tan pronto? No viene mucha gente, ¿no te apetecería echar un vistazo?- preguntó, con una sonrisa simpática.
-Lo siento, tengo que irme.-argumentó Nova.- ¿Puedes decirme al menos dónde estoy?
-Dónde estás…buena pregunta.-Zendaya hincó la mirada en el vacío.- Tiene muchos nombres, no creo que ninguno se acerque a definirlo al completo, así que, ¿para qué decírtelos?
Nova dedujo que la dependienta no había entendido su pregunta, aunque el problema fuese que ella no hubiese entendido la respuesta.
-Solo dime en qué parte de Madrid me encuentro.
-No estás en Madrid.-dijo la mujer tranquilamente.
-¿Tanto he corrido?-musitó Nova para sí misma.- ¿Dónde, pues? Y no me vengas con los muchos nombres, sólo con la línea de metro que llegue a Estrecho más próxima…por favor.
-Querida, creo que estás más perdida de lo que piensas. Para regresar a tu ciudad debes despojarte del collar, nada más.-le indicó, con un gesto distraído del dedo índice.
Nova frunció el ceño, desconfiada.
-Con todos los respetos, señora, eso es impo…-mientras decía esto, se sacó el collar del cuello, para demostrárselo, y en ese preciso momento, lo sostenía con la mano derecha.
Y cambió. Sin ningún tipo de transiciones extáticas, todo lo que veía se transformó en un “todo” completamente diferente. Ya no había tienda, ni plaza gris tras los cristales, ni espejos, ni ambiente luminoso. En medio pestañeo se había trasladado a una esquina entre dos edificios, cubierta de pintadas, desde donde se veía un pequeño parque infantil que conocía de sobra. Las luces del mediodía teñían el cielo, y Nova temió por la bronca que le iba a echar su madre si no volvía de inmediato. Se había ido de casa porque sí, al menos podría haber argumentado “¡Voy a perseguir a un cuervo que canta igual que mi collar, no me esperes para comer!”.            Bueno, más o menos.
            Pero recapituló, antes de que su mente volviese a centrarse en pensamientos mundanos. ¿Qué había pasado con la tienda? Su cabeza la había dejado de lado al volver a su “dimensión” o lo que fuese, pero hace unos segundos estaba hablando con la dependienta de una tienda de espejos en medio de una plaza gris. Miró a ambos lados, inútilmente, y se volvió a colocar el collar. Pero no pasó nada, aquello que había ocurrido para llevarla de vuelta a Madrid no era  reversible.
            Se encontró desilusionada y andando cabizbaja hacia su casa. ¿Qué había sido aquello, un sueño? No, seguramente había otro modo de volver, y cuando lo encontrase, haría el favor de no quitarse el collar durante su estancia. Entre tanto debía tranquilizar a su madre.
            Durante todo el día no sucedió nada paranormal, para el disgusto de Nova, que estuvo a punto de volver al parque infantil con el fin de comprobar que no había ningún tipo de botón camuflado como baldosa en el suelo. No lo hizo, de todas formas, pero descubrió que si a dejaba a su madre agotada tras un largo camino y con la tele puesta, no se daba cuenta ni de que se había ausentado.
            Se despertó al día siguiente exhausta, era Lunes, su madre la levantaba muy temprano para llegar al instituto y…Nova cayó en que estaban en vacaciones, no podía haberla despertado su madre (la cual roncaba en la habitación de al lado), así que tenía que haber sido ella misma. Se iba a dormir de nuevo cuando escuchó la causa de su desvelo. El cuervo. El cuervo cantaba en su ventana.
            Nova se destapó y salió del colchón de un brinco. Se asomó a la ventana y lo vio, allí, qué bonito era para ser un cuervo. De repente, se le ocurrió una idea. Cogió la cámara de su madre, colgada en la silla del comedor, y quitó el flash para hacerle un par de fotos a su amigo el pájaro. Ya lo decía su madre; cuando piensas que algo debe ser fotografiado, se fotografía y punto, no hay más que tu foto en ese momento. Era una madre apasionada, sí, y Nova suponía que esa ley también valía en el caso de que por fotografiar a algo corras el riesgo de que escape y no te lleve a una tienda multicolor y misteriosa.
            Cuando empezó con la sesión fotográfica, se dio cuenta de que ¡el cuervo era un gran modelo! Hacía posturitas en los árboles, volaba, saltaba, movía la cola… Qué lujo de cuervo, qué adonis. Cada foto era mejor, y las luces del alba emergían sobre la ciudad. Nova terminó de hacer fotos cuando el cuervo parecía ya cansado, pero ella estaba satisfecha con todas las fotos. Más con una especial en la que salía el cuervo volando con el fondo de las Kio (que se veían desde la ventana), sus alas desplegadas parecían abrazar las cúspides o dándoles cobijo en sus alas, mientras el sol salía entre las torres. Era bonita.
            Lo que sorprendió a Nova desagradablemente fue que, una vez hubo terminado de fotografiarle, el cuervo se acercó tanto a ella que la asustó, y en un pestañeo había entrado en su habitación, llegado a su escritorio y robado su collar, portándolo con el pico. Después salió de allí con un vuelo fulminante, y desapareció como lo había hecho la noche. Nova se quedó con la palabra en la boca, y luego, sólo fue capaz de articular; “¡No eres más que un cuervo corriente ladrón de cosas que brillan! ¡Topicazo!”, y se metió de nuevo en la casa, sintiéndose algo ridícula.
 ***           
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Pasaron los meses. No hubo más tiendas, ni más cuervos, ni  más collar ni  más música. Nova ya lo tenía casi asumido y apartado en su mente. ¡Estaban en Francia!            ¿Qué cómo es eso? Un cúmulo de sorpresas; empezó cuando un reconocido fotógrafo francés planeó su viaje a Madrid, mirando folletos turísticos entre los que por casualidad se incluía el que contenía las fotos de la madre de Nova (¿casualidad? ¿Suerte? Quién sabe). Ella había puesto algunas de las que su hija había hecho, ya que eran realmente buenas. Al franchute le encantó la del pájaro volando delante de las torres Kio “Me enamoré a primera vista”, dijo, y contrató a Margalo para que hiciese varias fotos más a aves de todas partes del continente. Como ella siempre había querido, cabe mencionar, ya que adora la ornitología. Él la financiaba y en la próxima Semana Santa podría exhibirlas en su propia exposición en París. Un sueño para madre e hija. Habían viajado a preciosas partes de Europa; Italia, Noruega, Rusia, Grecia y Alemania. Además, Margalo poseía su propio certamen. Aquel hombre (¿o sería el cuervo?) había caído del cielo.
            Así que en aquel lugar se encontraban, la capital de Francia, la ciudad de los sueños. Acababan de llegar desde Versalles y la exposición abría sus puertas esa misma tarde. Emoción, alegría, ilusión, nervios. Y un cuervo cantando que se oía en el hotel.
            Nova lo escuchó desde la cocina y pensó que desvariaba. El cuervo. El cuervo cantaba desde su ventana. Con unos torpes pasos, llegó a su posición y lo que vio confirmó sus sospechas. Sabía con toda seguridad que era el cuervo de Madrid, aunque eso significase que aquella ave hubiese recorrido cientos de kilómetros para acabar justo en su situación. Lo sabía porque llevaba su collar en el pico, tal y como cuando lo robó.
            Después de todo lo que había pasado, llegaban a lo mismo. Y las ganas de averiguar el misterio que escondía aquella musiquita afloraron de nuevo en Nova. Se propuso saltar sobre el cuervo y sorprenderle al quitarle el collar, pero cuando lo hizo, el cuervo ni se inmutó. De hecho, parecía que se lo cedía. <<A ti no hay que te entienda>>, pensó Nova, recelosa. Cogió el collar entre sus manos, y el cuervo se alejó, mientras Nova le pisaba los talones, como la última vez.
            Llegaron los dos a una parte bulliciosa de la ciudad, y esta vez Nova no estaba hipnotizada, si no que seguía al cuervo esperando encontrar la intrigante tienda de espejos. El cuervo se dejaba seguir, sin emitir graznido alguno, simplemente, porque no le hacía falta. En un punto determinado de toda aquella marea de gente y coches, Nova observó cómo el cuervo desaparecía en el aire, y ella empezaba a notar el hecho de que lo que se encontraba a su alrededor cambiaba. Y súbitamente, la inmensa ciudad se convirtió en la plaza gris y triste que varios meses llevaba ya sin ver.
            El cuervo se acomodó en la rama de su higuera,  en casa, a gusto. Nova anduvo decidida hacia la tienda, y abrió la puerta, dejando a sus ojos deslumbrarse por la exposición de espejos.
            -¡Caray, has vuelto! Te ha traído Mortimer, ¿verdad? Y eso que hemos cambiado de ubicación, como en cada ciclo lunar. No sabía que estuvieses cerca de Francia.- se atropelló la dependienta, emocionada.
La niña la miró con sospecha.
-No sé de qué hablas. –Tampoco se anduvo con rodeos.-Pero dime, ¿qué es este lugar?- una pregunta sencilla, que podría resolver todas las dudas que corroían en silencio a Nova desde hacía tiempo.
-Una tienda de espejos.-se detuvo, y la oyente a punto estuvo de hacerle una seña para que entrara en detalles.-…de espejos encantados, claro. Por eso no puede entrar cualquiera, sólo los que oigan la melodía, que es la única capaz de traerte aquí.
-¿Y qué hacen estos espejos?- preguntó Nova aproximándose a uno, y acercando su dedo para acariciar el marco.
-Roban almas. Es un curioso proceso, ya que las almas deben tener este sentido del oído especial, como requisito para que los seres, los espejos, que se alimentan de ellas sigan vivos. Si puedes oírlo, eres una especie de seta “no venenosa”.-aventuró una comparación.- Los que no lo oyen, son setas mortíferas. Sólo hace falta tocar un espejo y…pum.- No sabía para quién hablaba, porque la niña ya se había ido. Ahora era nutriente de espejo. Pensó en su jefe, que le había dado semejante picotazo la última vez que había dejado escapar a la niña. Recogió el collar del suelo. Debía entregarlo y esperar al próximo. Puaj, cómo odiaba su trabajo.

2 comentarios :

Alucina Divina dijo...

Jojojojooooo. Esta genial, me ha llevado como un cuarto de hora leerlo en el movil (de ahi vienen las faltas de ortografia) pero me ha dejado... Sin palabras.
Besacos desde la casa gallega tapada pore las nubes negras que van a explotgar en cualquier momento

Mononoke dijo...

¡¡Aynns querida muchas gracias!! *-* Mira que leértelo con el móvil.. y comentar :D ((yo soy una vaga para esas cosas))…¡pero qué mona eres! Me alegra que te haya gustado, ¡besacos desde la capital!

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